viernes, 18 de octubre de 2019

EXTINCTION REBELLION

Nuevo Curso, 16/10/2019



Después de acumular más de 1.400 detenidos, la policía británica ha prohibido a «Extinction Rebellion» manifestarse en Londres. Después de un rapidísimo ascenso a la fama en Gran Bretaña, el pasado 7 de octubre comenzó su «globalización». Los medios británicos primero y los continentales después le dieron una cobertura que no dieron jamás a manifestaciones con 500 veces más participantes. ¿Por qué? ¿Cuál es el atractivo de este grupo que se ha convertido en la primera gran exportación británica de la era post-Brexit?

De dónde sale «Extinction Rebellion»?

El famoso «Caballo de Wiltshire» vandalizado con el logo de E.R.

El apoyo periodístico no nace ahora. A finales de 2018 un grupo desconocido empezó a aparecer citado como fuente en distintos periódicos británicos. En aquel momento, si habían realizado alguna acción, no había trascendido. Pocos meses después empieza una carrera vertiginosa con coberturas favorables más allá de los tabúes morales habituales: la destrucción de patrimonio histórico o la seguridad aeroportuaria más básica. Daba igual, Emma Thompson, Radio Head, Massive Attack y hasta Bansky se sumaban. «Extinction Rebellion» eran ya los nuevos Beatles. En septiembre tiñeron de verde el Limago, el río de Zurich… sorprendentemente, conocida la cultura «de orden» de la ciudad financiera suiza, sin consecuencias.


Media docena de militantes de E.R. hacen el muerto sobre las aguas del limago que previamente han teñido de verde.

En la «expansión global», los grandes medios nacionales también calentaron el ambiente presentando el grupo como un movimiento de científicos que habían decidido pasar a la acción ante la pasividad de los políticos. Era sencillamente falso. No solo no había surgido así ni crecido sobre esa base social, sino que están muy lejos de reflejar en su mensaje el consenso de los investigadores del clima. La idea de que el cambio climático provocará la extinción de la especie humana en un par de décadas no está por ningún lado en los informes del IPCC. Bastaba preguntar para dejarlo en evidencia… y dejarles en evidencia.

¿Qué tiene de atractivo «Extinction Rebellion»?


Muerte de la sufragista Emily Davison al arrojarse al caballo del rey Jorge V en las carreras de Derby.

El discurso de la movilización no-violenta, animando a los manifestantes a provocar su detención por la policía para llamar la atención, enlaza con la vieja tradición del radicalismo británico de origen puritano que dio lugar al sufragismo, con toda su carga emocional, su violencia pasivo-agresiva y su búsqueda del martirio individual. Y para rematar, su asociación con el veganismo, un movimiento moralizante que rescata los principios benthamitas de la más rancia tradición burguesa completa un cuadro moral muy atractivo para la juventud de la pequeña burguesía.

Sumemos a todo eso, la utilidad que para canalizar angustias sociales y personales tiene todo discurso del «fin está cerca». La urgencia absoluta, el mayor peligro posible, la rebelión contra la incomprensión ajena y la ignorancia del poder… «Extinction Rebellion» es como si a Greta la hubiera diseñado «Anonymous», como si Alan Moore hubiera reescrito la historia de Ghandi cruzándola con David Bowie. Como si la (nueva) cruzada de los niños estuviera a las puertas de Jerusalem y supiera qué hacer. La cadena francesa France24 recogía las declaraciones de varios miembros que afirmaban que:

"El movimiento que ahora paraliza el centro de Londres atrae a gente a lo largo y ancho de Gran Bretaña, cientos de personas abandonan sus trabajos o sus estudios en la universidad para unirse."


Poster de Extinction Rebellion

«Extiction Rebellion» atrae además con su discurso a una buena parte del izquierdismo anglosajón, que busca convergencias e intenta guiarlo paternalmente. Esta entrevista a uno de los fundadores del movimiento permite entender por qué es atractivo también para los viejos maestros de la desilusión.

Paradójicamente, el catastrofismo apocalíptico desarma el cinismo del presentador que dice una y otra vez que nada es posible fuera del «capitalist framework», afirmando implicitamente con sorna thatcheriana que la clase obrera está derrotada para siempre. La mente izquierdista -y para qué negarlo, la oportunista- no puede combatir esa idea de fondo, pero la sortea con la urgencia impostada de la catástrofe inminente. Poco parece importar que el horizonte del milenarismo sea el de Malthus: la destrucción en masa de capacidades productivas con la miseria y el genocidio consiguientes. A falta de convicción en la posibilidad del comunismo, de la abundancia, lo sustituye con la utopía preindustrial a lo Morris, la negación de la perspectiva presente en la lucha de la clase la compensa con la exaltación del compromiso heroico de los militantes individuales y la supuesta capacidad de generar «conciencia» de sus acciones teatrales.



Jóvenes por el clima en Gran Bretaña.

Los tonos cada vez más apocalípticos de los discursos de la burguesía y el estado, el alarmismo constante, el «shock» permanente… solo expresan las angustias de una clase que disfruta una prórroga anti-histórica y anti-humana. Reflejados y ampliados en una pequeña burguesía en desesperación, buscando una revuelta en la que dar sentido a una angustia inconsecuente, esos discursos se traducen en milenarismo y catastrofismo.

No es ninguna novedad histórica. Todos los modos de producción han generado movimientos similares en su decadencia. En Roma descubrimos una popularidad creciente de la escatología desde la crisis de la República: en los cultos místicos de Isis, los cultos esotéricos -y literalmente castrantes- de Ceres y Apis e incluso en una secta judía helenizada de fuertes tendencias apocalípticas conocida como cristianismo que, convertido ya en religión oficial y obligatoria dará todavía marco mitológico a los últimos movimientos sectarios de la descomposición del esclavismo, desde los gnosticos a los priscilianistas. En la crisis de la feudalidad a partir del siglo XII no faltarán flagelantes, adamitas, joaquinistas… una lista interminable de sectas pauperizantes, castas, penitenciantes y crecientemente violentas que preludian ya el milenarismo de las Germanías valencianas o los puritanos ingleses.

Hoy al Apocalipsis se le llama extinción y a la «ciudad de dios» ecoaldea, bonito modelo productivo que no daría para alimentar más que a un séptimo de la población mundial actual. Las clases burguesas, ligadas a un sistema que ya no produce progreso, son incapaces de imaginar un futuro capitalista en el que quepa toda la especie. Así que fantasean una imposible «vuelta atrás» para elegidos impuesta por una catástrofe que la haría obligatoria. Llevan razón en una cosa, no existe ya un futuro en el que el desarrollo de la Humanidad sea compatible con el capitalismo. A la abundancia se va por otro lado, el comunismo.