martes, 24 de febrero de 2026

UNA SOLA GUERRA

Rafael Poch 

ctxt, 23/02/2026

Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela, es, en términos generales, una misma guerra


Lo que estamos presenciando alrededor de Irán, Ucrania y Venezuela es, en términos generales, una misma y sola guerra. Su objetivo es impedir militarmente el ocaso de la hegemonía americano-occidental en el mundo, amenazada principalmente por la pujanza china. En Ucrania se trata de debilitar a Rusia, socio fundamental de China. En Venezuela, de privar a China del acceso a importantes reservas energéticas y recursos latinoamericanos. Irán es el eslabón esencial de la integración euroasiática, con sus corredores energéticos y de transporte este-oeste y norte-sur. Se quiere hacer con Irán lo que se hizo con Siria: eliminar un Estado soberano e independiente y sustituirlo por la habitual mezcla de régimen sometido y agujero negro.

En el segundo ataque que se está preparando contra Irán, Trump ha desplegado un tercio de su capacidad aeronaval. Deshacer ese carísimo despliegue sin utilizarlo ni hacer nada no es imaginable. El vicepresidente, JD Vance, visitó no hace mucho Armenia y Azerbaiyán para buscar su apoyo al ataque. En Turquía, y sobre todo en Arabia Saudí, Qatar, Bahrein y los Emiratos Árabes Unidos, hay preocupación y rechazo al riesgo de gran guerra regional planteado por Washington e Israel porque podría afectar a sus instalaciones energéticas. Mucho dependerá de la capacidad de respuesta militar iraní, del daño de respuesta que sean capaces de infligir al adversario. 

Los iraníes dicen que responderán al nivel de lo que reciban. Dicen tener mucha mayor capacidad misilística que la demostrada en la guerra de los doce días del pasado junio, cuando 45 de sus misiles traspasaron la red protectora israelí tras agotar y superar su capacidad de interceptación, en la que, además de Estados Unidos colaboraban los europeos. Se desconoce si los militares iraníes han restablecido y mejorado su defensa antiaérea desde entonces, así como el papel que en ello puedan haber jugado los rusos –demasiado ocupados en Ucrania– y, sobre todo, los chinos, siempre enemigos de desafíos demasiado explícitos. En el peor escenario, Irán puede cerrar el estrecho de Ormuz y generar una seria crisis petrolera y económica internacional. En la zona hay algunos barcos de las marinas rusa y china, lo que incrementa los riesgos.

Cuando entra en su quinto año, la guerra de Ucrania mantiene unas negociaciones más ambiguas que nunca. Que el principal factor de la guerra, Estados Unidos, se presente en ellas como “mediador” obedece únicamente al miedo de que una derrota militar de la OTAN socave el prestigio de Washington. Trump ha transferido a los europeos parte del marrón, la ayuda militar a Kiev, pero excepto en dinero, su implicación sigue siendo la misma. La CIA y el MI6 británico siguen muy activos señalando objetivos y posibilitando los ataques ucranianos. Aviones americanos y británicos continúan sobrevolando el Mar Negro y guiando artefactos ucranianos contra la retaguardia rusa cuyo conteo de víctimas civiles apenas se reporta. Los ojos y oídos militares de Kiev siguen siendo occidentales. Según un informe The New York Times, en enero, Washington continúa ayudando a Kiev a seleccionar objetivos en Rusia y ayuda en los ataques a petroleros rusos en los mares Báltico, Negro y Mediterráneo, acciones sobre las que Trump está al corriente. El presidente del Consejo de Seguridad ruso, Nikolai Pátrushev, ha amenazado con utilizar la débil marina de guerra rusa para proteger sus barcos comerciales. Rusia tiene muchos recursos nucleares pero, particularmente en el Báltico, muy poca capacidad naval.

Después del cordial encuentro Putin-Trump en Alaska del pasado agosto, Washington no ha concedido nada, ni ha lanzado la más mínima señal de distensión. Ni siquiera ha respondido a las propuestas rusas de prolongar la vigencia del acuerdo START sobre límites del armamento nuclear, y ha anunciado su demencial decisión de retomar las pruebas nucleares, lo que empujará a Rusia a medidas similares. Por todo ello, Moscú no confía en Trump ni en el éxito de las negociaciones. Sigue el juego porque no pierde nada con ello, pero es consciente de que el asunto se decide en el frente militar. Respecto a los europeos, hacen todo lo posible por torpedear la mascarada. 

“Las exigencias maximalistas de Rusia no pueden satisfacerse con una respuesta minimalista”, dice la siempre sorprendente responsable europea de exteriores, Kaja Kallas. Su catálogo de exigencias, contenido en un documento citado el 20 de febrero por Radio Free Europe defiende que Rusia retire sus tropas de Bielorrusia, Georgia, Armenia y Transnistria. Después de la guerra, Moscú deberá desarmarse al mismo nivel que Ucrania, pagar reparaciones, responder por crímenes de guerra, e incluso celebrar, en Rusia, elecciones bajo supervisión internacional. Es decir, la UE sigue soñando con la “derrota estratégica” de Rusia que barajaba al principio del conflicto, pese a que la realidad, militar y económica, no apunta en esa dirección.

La delegación rusa llegó la semana pasada a Ginebra tras un vuelo de más de seis horas a través de Turquía, el Mediterráneo e Italia, porque alemanes y polacos se negaron a conceder permiso de vuelo a su avión. El 7 de febrero, un importante asesor de la delegación negociadora rusa, el general Vladímir Alekseyev, subdirector de la inteligencia militar, fue tiroteado en su domicilio de Moscú en una acción atribuida a los servicios secretos ucranianos. Una escuadrilla de cazas F-16 pilotada por militares americanos y holandeses está ayudando a la maltrecha defensa antiaérea en Kiev, aunque fuentes estadounidenses alegan que no son militares regulares, sino gente contratada. En ese contexto, el ministro de exteriores ruso, Sergei Lavrov, apartado por el Kremlin de las actuales negociaciones, expresa diariamente su escepticismo respecto a ellas. Entre la general reprobación al cruel bombardeo ruso de infraestructuras energéticas que condena al frío a la población civil en muchas ciudades ucranianas, la justificación de esa misma práctica en la guerra de Kosovo de 1999 a cargo del infame portavoz de la OTAN Jamie Shea, el 29 de mayo de aquel año en una conferencia de prensa en Bruselas, ha sido oportunamente eliminada de la web de la Alianza. 

Todo forma parte de lo mismo, ha explicado el secretario de Estado, Marco Rubio, en la conferencia de Seguridad de Múnich: prolongar los quinientos años de dominio occidental del mundo, dijo ovacionado por los dirigentes europeos decididos a cumplir con entusiasmo su parte en esta, ya imposible, misión civilizadora.