lunes, 12 de enero de 2026

LA GENERACIÓN Z EN LA GUERRA HÍBRIDA DE LAS ÉLITES GLOBALES

Tommaso della Macchina

Introducción

Al igual que ya hicieran hace unos pocos años las élites globales anglosionistas con el feminismo, sobre todo a través del movimiento #metoo, dichas elites están usando en la actualidad a las generaciones más jóvenes, en especial la generación Z, para liderar una nueva remesa de revoluciones de color de signo reaccionario. Como en el caso del feminismo made in USA, se trata de buscar sectores desfavorecidos por el propio sistema económico y social promovido por las élites, para lanzarlos contra el conjunto general de la sociedad. De este modo, se obstaculiza el crecimiento de organizaciones basadas en la lucha de clases, que es lo que las élites quieren evitar a toda costa, pues es la única estrategia que podría atentar contra sus privilegios.

La precuela de la toma de las plazas (de Tiananmen al Euromaidán)

El precedente de las revoluciones de color modernas hay buscarlo a finales de la década de los 80 del siglo pasado. En aquellos años previos a la implosión de la Unión Soviética, las élites del poder global occidental se dedicaron a subvertir el bloque socialista usando a las clases medias creadas por dichos sistemas políticos. Las clases medias, que por definición vienen de las clases trabajadoras, pero que al ascender socialmente se han olvidado de la ideología revolucionaria y la lucha de clases, fueron seducidas por la propaganda pro occidental a través de la guerra cultural por medio del cine, la TV, las modas, etc. Dichas clases acomodadas de esos países quisieron tener más dinero aún y asemejarse a esas clases medias opulentas de las series televisivas norteamericanas, aunque sea una imagen de EEUU falsa, que encubre la miseria, el racismo y la violencia inherentes al sistema norteamericano. Y ese fue el trasfondo social del que surgió la fatídica Perestroika que acabó con la URSS.

Uno de los primeros hitos en esta la labor de zapa de los poderes globales occidentales fue la instrumentalización de la protesta estudiantil en la Plaza de Tiananmen en Beijing (China) en 1989 para provocar un cambio de régimen. Según el periodista australiano Gregory Clark [1], los servicios secretos occidentales aprovecharon una protesta de jóvenes estudiantes, algo que también ocurre frecuentemente en el civilizado occidente, para desatar una violenta campaña de sabotajes, atentados y cruentos asesinatos que acabaron con cadáveres calcinados de policías y militares chinos colgados de puentes y viaductos. Estaba claro que esa violencia nada tenía que ver con la protesta estudiantil. Paralelamente, los medios occidentales se dedicaron a expandir relatos de atrocidades de la policía china contra los estudiantes hasta el punto de hablar de cientos, incluso miles, de estudiantes muertos. Sin embargo, no se mostraron imágenes de esas masacres y la fotografía que quedó en la retina del público fue la de un tanque que rodeaba a un civil para no atropellarlo cuando este le cortaba el paso. Esta era la demostración de la “Masacre de Tiananmen”, un tanque que esquiva a un peatón. Asimismo, hay un artículo del Telegraph británico de 2011 [2] que muestra el contenido (filtrado por Wikileaks) de cables de la embajada americana donde se niega el famoso derramamiento de sangre del que la prensa occidental nos habló. El cambio de régimen no ocurrió en China, sin embargo, pero sí ocurrió en la URSS, que fue liquidada por buena parte de sus aburguesadas élites, que traicionaron el socialismo, comenzando en Rusia una de las épocas más aciagas y oscuras de su historia, con pobreza, frío y guerra, en vez del paraíso democrático en que nos dijeron nuestros medios que se iba a convertir el espacio post soviético.

Imagen icónica de lo ocurrido en la Plaza de Tinanmen

Poco después, en los años 90, la estrategia se fue perfeccionando. La clave era disfrazar de justa protesta ciudadana un cambio reaccionario. Uno de los primeros intentos de pastorear a las masas de gente joven en España fueron las acampadas del movimiento por la concesión del 0,7 % del PIB a ayuda al Tercer Mundo. Fue entonces cuando se empezaron a tomar espacios públicos en nuestro país como nuevo tipo de protesta. La ayuda a los países pobres, a priori, parece una medida muy loable y solidaria, pero tenía la contraparte de que la juventud de entonces, que ya vivía unas condiciones de trabajo y vivienda muy precarias, era desviada de la lucha por mejorar su subsistencia y se dedicaba a apoyar a esas ONGs, la mayoría de la Iglesia Católica, que recibía fondos públicos por mantener a los países pobres en la órbita neocolonial del occidente cristiano.

Lo que hubo detrás de Tiananmen y nunca nos mostraron.

Pero el auge de la toma de las plazas públicas en esta estrategia de las élites de poder tuvo lugar durante las llamadas Primaveras Árabes en 2011. Así, en Egipto las protestas de las trabajadoras (pues eran la mayoría mujeres) de la industria textil en la plaza Tahrir fueron cooptadas por los Hermanos Musulmanes, quienes usaron una estrategia oclocrática para llegar al poder en ese país. Como consecuencia de estas pseudo revoluciones, los dos gobiernos más progresistas del mundo islámico (Libia y Siria, dos repúblicas laicas) desaparecieron e Israel recrudeció su limpieza étnica contra el pueblo palestino y prosiguió su expansión territorial según su proyecto del Gran Israel.

Entretanto, en España, como imitación de las primaveras árabes, estallan las protestas del 15 de mayo de 2011. Pronto, se va a llamar a ocupar las plazas públicas para protestar contra los problemas sociales derivados de la crisis económica de 2008. Aún siendo muy justas buena parte de las reivindicaciones, el 15 M fue una gran operación de pastoreo de la gente joven, los más afectados por la crisis, para reconducir a los desafectos al redil del sistema a través de propuestas pseudo revolucionarias, como Podemos, que acabaron apuntalando a un PSOE que, en 2011, parecía herido de muerte. Además, las reivindicaciones que cuestionaban el capitalismo se convirtieron de la noche a la mañana en otras totalmente inocuas, que coincidían exactamente con la política woke del Partido Demócrata de los EEUU, precisamente el artífice de las revoluciones de color, de la Primavera Árabe y del Maidán ucraniano. Es irónico que alguno de los líderes de esta izquierda woke, que se dedicó a dar pábulo al movimiento #metoo y a fomentar la discriminación positiva en favor de la mujer, acabaran siendo acusados de acoso e incluso agresión sexual.

El siguiente episodio fue el de mayor y más grave repercusión porque de él deriva el sangriento conflicto ucraniano. Ucrania, que ya había sufrido la injerencia de EE.UU. y la UE en 2005 con la Revolución Naranja, en 2014 sufre otro embate del imperialismo occidental con el llamado movimiento del Euromaidán. Así, durante el invierno de 2014, la Maidán Nezalézhnosti (Plaza de la Independencia) de Kiev se llenó de gente que acampaba para protestar contra el gobierno de turno. El germen fue un puñado de campesinos del noroeste del país (la parte que históricamente más colaboró con la invasión nazi), quienes, una vez recogidas las cosechas recibieron dinero de las fuerzas injerencistas para ir a Kiev y tomar su “maidán”, su plaza central. En muchos casos, eran personas que no habían estado nunca en la ciudad. Sin embargo, pronto se le unieron muchos jóvenes con banderas de la UE, para intentar derrocar con las protestas al presidente legítimo Yanukovic, originario del Donbass, la zona rusófona de Ucrania. Este no había consentido cortar lazos con Rusia por lo que la UE le consideraba un aliado del Kremlin. Finalmente, el caos lo sembraron una serie de misteriosos francotiradores puestos allí por los servicios secretos occidentales que empezaron a disparar a la multitud [2]. La “policía de Yanukovic” fue culpada por ello y hordas de neonazis ucranianos tomaron las calles, lo que acabó en un golpe de estado disfrazado por los medios de comunicación occidentales de “revolución popular”. Sin embargo, cuando la izquierda ucraniana intentó hacer lo mismo, acampando el 1 de mayo de ese mismo año frente al edificio de los sindicatos de Odesa, grupos de neonazis acudieron allí el día siguiente para agredir a los concentrados y perseguirlos hasta el edificio de los sindicatos que fue, finalmente, incendiado. 50 personas murieron quemadas vivas. Según nuestra prensa, fueron “choques” entre grupos extremistas rivales. De hecho, en Wikipedia esta matanza aparece bajo la denominación “enfrentamientos en Odesa en mayo de 2014” y no se cataloga de "matanza" [3]. Posteriormente, empezó un proceso de limpieza étnica en las zonas de habla rusa de Ucrania, especialmente en Donbass, donde la gente se organizó para resistir en lo que se llamó la Primavera Rusa (algo que no suscitó el interés de nuestros medios como lo hizo la Primavera Árabe). Todo esto degeneró en una guerra civil en la que la población del Donbass fue bombardeada sistemáticamente por el gobierno golpista que salió del Maidán, en un esquema que seguía el de Israel en Gaza: te bombardeo hasta que te marches y entonces te robo el territorio. Pero eso nunca ocurrió porque Rusia, tras intentar inútilmente buscar la paz durante 8 años (acuerdos de Minsk I y II), decidió intervenir militarmente en Ucrania. Y de ahí viene el actual conflicto que puede degenerar en una guerra mundial entre superpotencias nucleares.

Participantes en el Euromaidán exhibiendo simbología nazi

Algo parecido al Maidán ucraniano ocurrió entre 2017 y 2018 en Venezuela. En esos años la oligarquía venezolana opositora al gobierno chavista reclutó a jóvenes del lumpen de las grandes ciudades para sembrar el caos en las calles con las “guarimbas”. Las “guarimbas” eran bloqueos de carreteras o avenidas de grandes ciudades donde se colocaban muchas veces hilos metálicos invisibles para decapitar a los policías motorizados. Otras veces, quienes intentaban atravesar las guarimbas recibían un disparo de un francotirador apostado en un apartamento de las zonas acomodadas de Caracas u otras ciudades. El fin último era provocar una reacción violenta del gobierno de Maduro que justificara un golpe de estado, una intervención de EEUU o simplemente más sanciones de Washington y sus lacayos. Curiosamente, en las manifestaciones anti Maduro de esa época muchos de los participantes mostraban material para luchar contra la policía con símbolos nazis ucranianos, eslóganes en cirílico y el logotipo del puño de “Otpor” (“resistencia” en serbio) que se popularizó durante la primera revolución de color en Serbia en 2000, que dio el tiro de gracia a lo que quedaba de la Yugoslavia socialista. Está claro que las élites injerencistas se dedicaban a reciclar el material que usaban en sus revoluciones de colores. Por último, también habría que recordar que Juan Guaidó se autoproclamó presidente de Venezuela precisamente en una plaza pública. 

El símbolo del puño (nótese que siempre es el derecho)
en las distintas revoluciones de color


El proyecto piloto de Greta Thunberg y los Fridays for Future: la nueva cruzada de los niños

Bajo el caballo de Troya del ecologismo apocalíptico y la lucha contra el cambio climático, esa que encubre el afán del occidente colectivo de minar el desarrollo económico del Sur Global, las élites anglosionistas usaron, esta vez, a menores de edad. Así, bajo el liderazgo de Greta Thunberg, una adolescente vegana estricta y en tratamiento psiquiátrico, el movimiento Fridays for Future (“Viernes por el futuro”) fomentó el absentismo escolar los viernes, supuestamente por el bien del planeta. Está claro que con semejante reclamo (tomarse un día de la semana libre) el movimiento tuvo mucho éxito entre los escolares. Los rebaños de escolares invadiendo las calles y voceando en favor la Madre Tierra fue comparado por algunos con el cuento del flautista de Hamelin, siendo el flautista, en este caso, las élites financieras occidentales que estaban detrás de las ONGs que movían a los menores, empezando por la propia Greta Thunberg. Sin embargo, algunos fueron más allá y lo compararon con la Cruzada de los Niños de 1212 [4]. En aquella época los sueños proféticos de dos niños (uno francés y otro alemán) desembocaron en la creación de una milicia de niños de toda la cristiandad que intentaron llegar a Tierra Santa para convertir a los niños musulmanes. Entonces no había Prozac como ahora, pero sí religión. La cruzada, que llegó a contar con 30.000 niños, fue un fracaso pues muchos de ellos desertaron por hambre (de hecho, se dedicaban a robar comida allí por donde pasaban, con el consiguiente desorden público) o murieron de enfermedades. Por último, una minoría llegó a las costas del sur de Francia donde rezaron en la playa durante días para que el mar se abriera. Y como nada de eso ocurrió acabaron siendo pasto de mercaderes navieros que los vendieron como esclavos en los principales puertos del Mediterráneo.

Escolares alemanes participando en el Friday for Future

Aquí como en la Cruzada de los Niños lo llamativo es esa obsesión por parte de las élites de poder de usar a menores de edad. No hay que ser muy perspicaz para adivinar por qué: los niños no tienen la capacidad de raciocinio de un adulto y pueden ser manipulados para que defiendan una causa de manera acrítica y fanática. Los menores se convierten así en un ejército fiel de las élites.

La Cruzada de los Niños vista por Gustave Doré

La Generación Z: en busca de un sujeto revolucionario netamente derechista

La Generación Z es a la que pertenecen los individuos nacidos entre mediados de los noventa y 2010, es decir, grosso modo, los veinteañeros de hoy. Dicha generación tiene un interés especial para las élites de poder. En primer lugar, nacieron en una época en que ya no existía la URSS ni su influencia. Además, en España, la Guerra Civil y la Dictadura Franquista quedaban muy lejos y la sociedad ya estaba desmovilizada y desideologizada. Además, las únicas revoluciones que han visto estos jóvenes, no han sido la cubana o la sandinista, sino las revoluciones de colores montadas por la CIA, unas revoluciones de derecha dirigidas por el neoliberalismo globalista con amplia participación de grupos fascistas y alguna colaboración marginal de tontos útiles anarcotrotskistas. Estamos ante la primera generación libre del influjo de ideologías subversivas. Y esto lo sabe y lo aprovecha la élite para, por una parte, impulsar sus pseudo revoluciones, y por otra, para producir una fractura en el cuerpo social.

Este segundo aspecto es muy inquietante. Igual que las élites globalistas se infiltraron en el feminismo, tradicionalmente ligado a la izquierda, y crearon un movimiento fanatizado que buscaba criminalizar al hombre por el mero hecho de serlo y promover una guerra de sexos, ahora se busca enfrentar a jóvenes contra viejos para evitar la unidad del pueblo llano en organizaciones de clase, como lo eran los sindicatos y partidos de izquierda tradicionales. Se trata de “empoderar” (como diría el wokismo) a ciertos sectores desfavorecidos para lanzarlos contra el resto de la masa desposeída. Lo hicieron con las mujeres y los sectores LGTB, tradicionalmente discriminados por las sociedades conservadoras, y ahora lo hacen con una juventud que a pesar de su mucha cualificación trabaja en puestos precarios por sueldos de miseria, apenas tiene acceso a una vivienda digna y mucho menos puede formar una familia, algo que es ley de vida para el ser humano. Por último, saben que no van a tener la pensión de la que disfrutan sus padres [5]. Es una generación desideologizada y precarizada, es decir, una bomba atómica en manos de las élites.

Jóvenes opositores venezolanos quemando vivo a una persona en una guarimba

Un ejemplo de la capacidad destructiva de esta nueva arma de las élites saltó a la palestra hace poco más de dos años. Así en abril 2023 un joven colaborador de Yolanda Díaz, Ministra de Trabajo, y lideresa de Sumar, de nombre Helio Roque y 20 años de edad, tuvo que borrar de twitter varios mensajes injuriosos y discriminatorios contra las personas de edad avanzada a las que culpaba de la precariedad de la juventud. Siempre es más fácil culpar de tus desgracias a quien tienes el lado que a quien tienes arriba. Es lo que hace mucha gente con los inmigrantes pobres.

La responsabilidad de la izquierda amaestrada

Pero la desideologización de la generación Z no se entiende, por una parte, sin el entreguismo de la izquierda tradicional y su degeneración en izquierda woke, y, por otra, por el aburguesamiento de las generaciones más veteranas. En efecto, que una masa de gente joven explotada laboralmente y sin apenas acceso a aspectos tan básicos como la vivienda acuda con sus problemas a la izquierda posmoderna y que esta le hable de las tortugas marinas o del género no binario ha llevado a que esta generación se aleje de este atajo de progres de clase media y que asocie a la izquierda con la oficialidad y el establishment. Por tanto, estos jóvenes van a acabar simpatizando con la derecha, para ellos sinónimo de rebeldía frente al aburguesamiento del wokismo y, en especial, con sectores populistas de esta derecha porque estos sí les van a hablar de trabajo, vivienda, alza de precios, etc. El problema es que esta derecha populista le va a decir que los responsables de sus problemas son los inmigrantes pobres. Y a eso se le suele llamar fascismo.

No obstante, las generaciones precedentes, especialmente los que en su juventud fueron combativos, son muy culpables de esta situación. Despreciar a los jóvenes precarizados que opinan por desconocimiento que Franco era “un rebelde” y “un antisistema” y llamarles “fascistas” no tiene sentido. No lo tiene porque estos jóvenes deberían saber que Franco era un dictador sanguinario, que el fascismo tiene una naturaleza esencialmente asesina y que fue la URSS quien lo venció, pero resulta que sus padres nunca se lo dijeron. Y además es contraproducente porque los jóvenes tienden a chocar frontalmente con la generación de sus padres y tildarles de fascistas va a hacer que simpaticen más con el fascismo. Si la izquierda tradicional no hubiera renunciado a la lucha de clases y hubiera educado en ella a las generaciones más jóvenes ahora no tendríamos este problema. 

Violencia sin sentido y sin fronteras

En los últimos años hemos oído hablar en los medios de comunicación de la generación Z vinculada a protestas violentas. Y siempre con valoraciones elogiosas por parte de los mass media. Ello debería despertar las suspicacias de los consumidores de noticias con un mínimo de sentido crítico puesto que los medios siempre satanizan a aquellos que atentan con el orden establecido. Nos han dicho que son jóvenes que protestan por la censura en internet, por la corrupción de los políticos, por la falta de democracia, etc. pero en muchos sitios lo que vemos son elementos armados que han disparado contra la policía, han puesto bombas y han quemado edificios con gente dentro. Lo hemos visto últimamente en Nepal, en Georgia, en México y lo estamos viendo ahora mismo en Irán, donde los manifestantes hacen sus “reivindicaciones” por la noche (¿qué sentido tiene hacerlo cuando la gente duerme?) y han ido directamente a atacar a la policía y a quemar edificios históricos. Y en todos esos lugares los mismos logos y consignas, curiosamente, en inglés. Esto no es una protesta juvenil al uso. Es el mismo esquema oclocrático que ya vimos en Pekín, en Belgrado o en Kiev usado en su guerra híbrida por las élites del poder global anglosionistas.

Resultado de las "democráticas" y "pacíficas" protestas en Irán

Referencias:

[1] https://vorticeinmediaista.blogspot.com/search/label/Matanza%20de%20Tiananmen

[2] Esto no es conspiranoia sino que está recogido en el documental de Oliver Stone “Ucrania en llamas.”

[3] https://www.telegraph.co.uk/news/worldnews/wikileaks/8555142/Wikileaks-no-bloodshed-inside-Tiananmen-Square-cables-claim.html

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Enfrentamientos_en_Odesa_de_mayo_de_2014

[4] https://historia.nationalgeographic.com.es/a/tragica-cruzada-ninos-inocentes-edad-media_16012

[5] De hecho, una joven escritora de la generación Z ha escrito un libro contra las pensiones de la que gozan los jubilados de este país titulado “La vida cañón: la historia de España a través de los boomers”. Seguramente las élites neoliberales estarán encantadas con el libro.