martes, 4 de diciembre de 2018

LOS CHALECOS AMARILLOS Y LAS “LECCIONES DE LA HISTORIA”

Gérard Noiriel






En un artículo de opinión publicado por el diario Le Monde (el 20 de noviembre de 2018) el sociólogo Pierre Merle escribe que “el movimiento de los «chalecos amarillos» recuerda a las jacqueries (1) del Antiguo Régimen y de los periodos revolucionarios”. Y se pregunta: “¿se pueden comprender todavía las lecciones de la historia?”.

Yo también estoy convencido de que poner en perspectiva este movimiento social nos puede ayudar a comprender. Es la razón por la que no me parece pertinente el término “jacquerie” (utilizado por otros comentaristas y sobre todo por Eric Zemmour, el historiador de Le Figaro recientemente consagrado por [la emisora de radio pública francesa] France Culture en el programa de Alain Finkielkraut que ilustra perfectamente el título de su libro sobre “la derrota del pensamiento”). En mi libro Histoire populaire de la France señalé que todos los movimientos sociales desde la Edad Media habían sido objeto de una intensa lucha entre los dominantes y los dominados a propósito de la definición y la representación del pueblo en lucha. La palabra “jacquerie” sirvió para designar los levantamientos de esos campesinos a quienes las élites apodaban “jacques”, término despectivo que volvemos a encontrar en la expresión [francesa] “faire le jacques” (comportarse como un campesino bruto y estúpido).

El primer gran movimiento social calificado de “jacquerie” tuvo lugar a mediados del siglo XIV, cuando los campesinos de la Isla de Francia se levantaron contra sus señores. La fuente principal que durante siglos alimentó la mirada peyorativa sobre los levantamientos campesinos de esta época es el relato de Jean Froissart, el historiador de los poderosos de su tiempo, escrito a lo largo de la década de 1360 y publicado en sus famosas Crónicas. Así es cómo Froissart presenta la lucha de estos campesinos: “Entonces se reunieron y se marcharon, sin otro consejo y sin armadura alguna aparte de barras de hierro y cuchillos, a casa de un caballero de vivía cerca de ahí. Destrozaron la casa y mataron al caballero, a la dama, a los niños, grandes y pequeños, y prendieron fuego a la casa […]. Estas malas gentes reunidas sin jefe y sin armaduras robaban y quemaban todo, y mataban sin piedad y sin compasión, como perros rabiosos. Y habían hecho a uno de ellos rey, como se dice de Clermont a Beauvoisis, y eligieron al peor de los malos; llamaba a este rey Jacques Bonhomme [palurdo]”.

Este desprecio de clase que presentaba al jefe de los jacques como “el peor de los malos” queda invalidado por los archivos que demuestran que los campesinos en lucha eligieron como portavoz principal a Guillaume Carle “que tenía conocimientos y hablaba bien”. En la misma época un tejedor, Pierre de Coninck, dirigió la lucha de los artesanos de Flandres. Se le describe así en Les Annales de Gand : “Pequeño de cuerpo y de pobre linaje, tenía tantas palabras y sabía hablar tan bien que era una maravilla. Y por eso los tejedores, los batanes y los esquiladores le creían y querían tanto que no podía decir o mandar algo que no hicieran”.

Se trata de una constante en la historia de los movimientos populares. Para que su lucha no fuera estigmatizada los rebeldes siempre eligieron unos líderes “respetables” y capaces de decir en voz bien alta lo que el pueblo piensa en voz baja. Otros ejemplos más tardíos confirman la importancia del lenguaje en la interpretación de las luchas populares. Por ejemplo, las élites llamaron al levantamiento que agitó todo el Périgord a principios del siglo XVI el levantamiento de los “croquants” [palurdos], término que los campesinos y artesanos rechazaron presentándose a sí mismos como personas de lo “común, del pueblo”. Este fue uno de los puntos de partida de los usos populares del término “commune” que fue retomado en 1870-71 en París por los “Communards” (2).

Los comentaristas que han utilizado la palabra “jacquerie” para hablar del movimiento de los “chalecos amarillos” han querido destacar un hecho indiscutible: el carácter espontáneo y no organizado de este conflicto social. Aunque la palabra sea inapropiada, es cierto que a pesar de todo existen puntos en común entre todas las grandes revueltas populares que se han sucedido a lo largo del tiempo. Basándome en los múltiples reportajes difundidos por los medios sobre los chalecos amarillos he constatado varios elementos que ilustran esta permanencia.

El principal concierne al objetivo inicial de las reivindicaciones: el rechazo de los nuevos impuestos sobre el carburante. Las luchas antifiscales han desempeñado un papel extremadamente importante en la historia popular de Francia. Incluso pienso que el pueblo francés se ha construido gracias al impuesto y contra él. Por consiguiente, el hecho de que el movimiento de los chalecos amarillos haya estado motivado por el rechazo de los nuevos impuestos sobre el carburante no tiene nada de sorprendente. Este tipo de luchas antifiscales siempre ha llegado a su paroxismo cuando el pueblo ha tenido la sensación de que debía pagar sin obtener nada a cambio. Bajo el Antiguo Régimen el rechazo del diezmo estuvo unido frecuentemente al descrédito que tenían los curas que ya no cumplían su misión religiosa y cuando los señores ya no garantizaban la protección de los campesinos a menudo estos se negaron a pagar nuevas cargas. No es casual, por lo tanto, que el movimiento de los chalecos amarillos se haya seguido particularmente en aquellas regiones en las que es más manifiesta la disminución de los servicios públicos. La sensación, muy compartida, de que el impuesto sirve para enriquecer a la pequeña casta de los superricos alimenta en las clases populares un profundo sentimiento de injusticia.

Por consiguiente, es cierto que estos factores económicos constituyen una de las causas esenciales del movimiento. Con todo, hay que evitar reducir las aspiraciones del pueblo a unas reivindicaciones únicamente materiales. Una de las desigualdades más importantes que penalizan a las clases populares concierne a su relación con el lenguaje público. Las élites dedican su tiempo a interpretar en su propio lenguaje lo que dicen los dominados haciendo como si siempre se tratara de una formulación directa y transparente de su experiencia vivida. Pero la realidad es más compleja. Basándome en los análisis de Pierre Bourdieu he demostrado en mi libro que la Reforma protestante había proporcionado a las clases populares un nuevo lenguaje religioso para nombrar unos sufrimientos que eran multiformes. Los campesinos y artesanos del siglo XVI decían “me duele la fe en vez de decir me duele todo”. Hoy los chalecos amarillos gritan “me duele el impuesto en vez de decir me duele todo”. Evidentemente, no se trata de negar el hecho de que las cuestiones económicas son absolutamente esenciales porque desempeñan un papel determinante en la vida cotidiana de las clases dominadas. Sin embargo, basta con escuchar los testimonios de los chalecos amarillos para constatar la frecuencia de las declaraciones que expresan un malestar general. En uno de los reportajes difundidos por [el canal de televisión francés que emite noticias 24 horas al día] BFM-TV el 17 de noviembre el periodista quería a toda costa hacer decir a la persona a la que estaba entrevistando que luchaba contra los impuestos, pero este militante repetía sin cesar “Estamos hartos, hartos, hartos, hartos de todo”.

Que te “duela todo” también significa sufrir en la dignidad y por eso la denuncia del desprecio de los poderosos vuelve a aparecer casi siempre en las grandes luchas populares y la de los chalecos amarillos no hace sino confirmar la regla. Se han oído muchas declaraciones que expresaban un sentimiento de humillación, el cual alimenta el enorme resentimiento popular respecto a Emmanuel Macron. “Para él no somos más que mierda”. El presidente de la República ve así volver en bumerán el etnocentrismo de clase que analicé en mi libro.

No obstante, estas similitudes entre unas luchas sociales de diferentes épocas ocultan profundas diferencias. Me voy a detener un momento en ellas porque permiten comprender qué es lo específico del movimiento de los chalecos amarillos. La primera diferencia con las “jacqueries” medievales radica en el hecho de que la gran mayoría de las personas que participaron en los bloqueos del sábado pasado [17 de noviembre de 2018] no pertenecen a los medios más desfavorecidos de la sociedad. Provienen de medios modestos y de la pequeña clase media que posee al menos un coche, mientras que “la gran jacquerie” de 1358 fue un arrebato desesperado de los mendigos que estaban a punto de morir de hambre en un contexto marcado por la Guerra de los Cien Años y la peste negra.

La segunda diferencia y, en mi opinión, la más importante concierne a la coordinación de la acción. ¿Cómo logran unos individuos relacionarse entre sí para participar en una lucha colectiva? Es una pregunta trivial, sin duda demasiado banal como para que los comentaristas la tomen en serio. Y, sin embargo, es fundamental. Que yo sepa, nadie ha insistido en lo que es verdaderamente novedoso de los chalecos amarillos, a saber, la dimensión desde el primer momento nacional de un movimiento espontáneo. En efecto, se trata de una protesta que se desarrolló simultáneamente en todo el territorio francés (incluidos las provincias y territorios franceses de ultramar), aunque con una representación local muy débil. El día de acción reunió en total a menos de 300.000 personas, una cifra modesta comparada con las grandes manifestaciones populares. Pero este total es la suma de miles de acciones grupusculares repartidas en todo el territorio.

Esta característica del movimiento está estrechamente relacionada con los medios utilizados para coordinar la acción de los actores de la lucha. No son las organizaciones políticas y sindicales quienes lo garantizaron con sus propios medios, sino las “redes sociales”. Así, las nuevas tecnologías permiten volver a entroncar con las antiguas formas de “acción directa”, pero a una escala mucho más vasta puesto que relacionan a individuos que no se conocen. Facebook, twitter y los smartphones difunden mensajes inmediatos (SMS) sustituyendo así la correspondencia escrita, sobre todo los panfletos y la prensa militante que hasta ahora eran los principales medios de los que disponían las organizaciones para coordinar la acción colectiva; la naturaleza instantánea de los intercambios restituye en parte la espontaneidad de las interacciones cara a cara de antes.

Con todo, las redes sociales por sí solas nunca habrían podido proporcionar semejante magnitud al movimiento de los chalecos amarillos. Los periodistas destacan constantemente estas “redes sociales” para ocultar el papel que ellos mismos desempeñan en la construcción de la acción pública. Más precisamente, lo que ha dado a este movimiento su dimensión de inmediato nacional ha sido la complementariedad entre las redes sociales y las cadenas de información continua. Su popularización es en gran parte producto de la intensa “propaganda” orquestada por los grandes medios los días previos. Los grandes medios se hicieron cargo inmediatamente de este acontecimiento (que había partido de la base, primero en el seno de pequeñas redes vía facebook) y anunciaron su importancia antes incluso de que se produjera. Las cadenas de información continua siguieron desde que comenzó el día de acción del 17 de noviembre, minuto a minuto, “en directo” (término que se ha convertido ahora en sinónimo de comunicación a distancia de acontecimientos que se están produciendo). Los periodistas que hoy en día encarnan el grado sumo del populismo (en el verdadero sentido del término), como Eric Brunet que hace estragos a la vez en BFM-TV y en [la emisora de radio privada franco-monegasca] RMC, no dudaron en lucir públicamente un chaleco amarillo transformándose así en portavoz autodesignado del pueblo en lucha. Esa es la razón por la que la cadena presentó este conflicto social como “un movimiento inédito de la mayoría silenciosa”.

Sería muy instructivo un estudio que comparara cómo trataron los medios de comunicación la lucha de los ferroviarios la pasada primavera y la de los chalecos amarillos. No se siguió de forma continua ninguna de las jornadas de acción de los ferroviarios y se acribilló a los telespectadores con testimonios de usuarios indignados con los huelguistas, mientras que se ha oído muy poco a conductores indignados con quienes bloqueaban las carreteras.

Estoy convencido de que el tratamiento mediático dado al movimiento de los chalecos amarillos ilustra una de las facetas de la nueva forma de democracia en la que hemos entrado y que Bernard Manin denomina la “democracia del público” (cf su libro Principe du gouvernement représentatif, 1995). Igual que los electores se pronuncian en función de la oferta política del momento (y cada vez menos por fidelidad a un partido político), los movimientos sociales estallan hoy en función de una coyuntura y de una actualidad precisas. Puede que con la perspectiva que nos ofrece el paso del tiempo nos demos cuenta de que la era de los partidos políticos y de los sindicatos correspondió a un periodo limitado de nuestra historia, la época en la que las relaciones a distancia se materializaban por medio de la comunicación escrita. Antes de la Revolución Francesa estalló una cantidad increíble de revueltas populares en el reino de Francia, pero siempre eran localizadas porque la forma de relación que permitía coordinar la acción de los individuos en lucha se basaba en relaciones directas: la palabra, el conocimiento mutuo, etc. El Estado real siempre lograba reprimir estos levantamientos porque controlaba los medios de acción a distancia. La comunicación escrita, monopolizada por los “agentes del rey”, permitía desplazar a las tropas de un lugar a otro para masacrar a los sublevados.

En esa perspectiva se puede considerar la Revolución Francesa un momento absolutamente particular ya que la antigua tradición de las revueltas locales se pudo combinar entonces con la nueva práctica de contestación transmitida y coordinada por la escritura (véase los cuadernos de quejas) (3).

La integración de las clases populares en el seno del Estado republicano y el nacimiento del movimiento obrero industrial hicieron disminuir las revueltas locales y violentas, aunque nunca hayan desaparecido totalmente (véase el levantamiento del “Midi Rojo” en 1907) (4). La politización de las resistencias populares permitió una dirección, una disciplina, una educación de los militantes, pero la contrapartida fue la delegación del poder a beneficio de los líderes de los partidos y los sindicatos. Los movimientos sociales que se sucedieron entre las décadas de 1880 y 1980 abandonaron la esperanza de una toma de poder por la fuerza, pero a menudo lograron que los dominantes cedieran gracias a unas huelgas con ocupación de las fábricas y gracias grandes manifestaciones que culminaron durante unas “marchas sobre París” (“de la Bastilla a Nation”).

Una de las preguntas que nadie ha planteado aún a propósito de los chalecos amarillos es por qué unas cadenas privadas, cuyo capital pertenece a un puñado de millonarios, fomentan hoy este tipo de movimiento popular. La comparación con los siglos precedentes lleva a una conclusión evidente. Vivimos en un mundo mucho más pacífico que antes. Aunque la jornada de los chalecos amarillos provocara víctimas, estas no fueron fusiladas por las fuerzas del orden. Son el resultado de los accidentes provocados por los conflictos que opusieron al pueblo bloqueador y al pueblo bloqueado.

Esta pacificación de las relaciones de poder permite a los medios dominantes utilizar sin riesgos el registro de la violencia para movilizar las emociones de su público porque la razón principal de su apoyo al movimiento no es político sino económico: generar audiencia mostrando un espectáculo. Desde primeras horas de la mañana BFM-TV señaló unos “incidentes”, después repitió machaconamente el drama de esta mujer atropellada por una conductora que se negaba a ser bloqueada. Una ventaja añadida para estas cadenas a las que se suele reprochar su obsesión por los sucesos, los crímenes y los escándalos sexuales: apoyando al movimiento de los chalecos amarillos han querido demostrar que no descuidaban en absoluto las cuestiones “sociales”.

Más allá de estos retos económicos, evidentemente a la clase dominante le interesa privilegiar un movimiento que se presenta como hostil a los sindicatos y los partidos. Es cierto que entre los chalecos amarillos existe este rechazo. Aunque sin duda no fue intencionado, la elección del color amarillo (en vez del rojo) y de la Marsellesa (en vez de la Internacional) recuerda desafortunadamente la traición de los “amarillos”, término que durante mucho tiempo designó a los sindicatos a sueldo de la patronal. No obstante, este rechazo de la “recuperación” política también se puede inscribir en la prolongación de las luchas que las clases populares llevaron a cabo desde la Revolución Francesa para defender una concepción de la ciudadanía basada en la acción directa. Los chalecos amarillos que bloquean las carreteras rechazando toda forma de recuperación de los partidos políticos asumen así confusamente la tradición de los sans-culottes (5) en 1792-93, de los ciudadanos-combatientes de febrero de 1948, de los Communards de 1870-71 y de los anarcosindicalistas de la Belle Epoque.

La utilización de esta ciudadanía popular siempre ha sido lo que ha permitido la irrupción en el espacio público de portavoces que estaban destinados socialmente a permanecer en el sombra. El movimiento de los chalecos amarillos ha hecho surgir gran cantidad de portavoces de este tipo. Lo que sorprende es la diversidad de sus perfiles y, sobre todo, la gran cantidad de mujeres, mientras que antes lo más frecuente era que la función de portavoz estuviera reservada a los hombres. La facilidad con la que estos líderes populares se expresan hoy ante las cámaras es una consecuencia de una doble democratización: el aumento del nivel escolar y la penetración de las técnicas de comunicación audiovisual en todas las capas de la sociedad. Hoy las élites niegan completamente este competencia, lo que refuerza la sensación de “desprecio” en el seno del pueblo. Aunque los obreros todavía representan el 20 % de la población activa, ninguno de ellos está hoy presente en la Cámara de los Diputados. Hay que tener en mente esta discriminación generalizada para comprender la magnitud del rechazo popular de la política politiquera.

Pero este tipo de análisis ni siquiera se les pasa por la cabeza a los “profesionales de la palabra pública” que son los periodistas de las cadenas de información continua. Al difundir de forma continua las palabras de los manifestantes que afirman su negativa a ser “recuperados” por los sindicatos y los partidos, prosiguen su propia lucha para apartar los cuerpos intermedios y para instalarse ellos mismos como portavoces legítimos de los movimientos populares. En este sentido avalan la política liberal de Emmanuel Macron cuyo objetivo es también desacreditar las estructuras colectivas de las que se han dotado las clases populares a lo largo del tiempo.

Dado el papel crucial que desempeñan actualmente los grandes medios en la popularización de un conflicto social, quienes los dirigen saben bien que podrán decretar el fin del recreo en cuanto lo consideren necesario, es decir, en cuanto la audiencia les exija que cambien de caballo para seguir estando en la vanguardia de la “actualidad”. En efecto, este movimiento está abocado al fracaso porque quienes lo animan están privados de toda tradición de lucha autónoma, de toda experiencia militante. Si el movimiento gana fuerza, chocará cada vez más con la oposición del pueblo que no quiere ser bloqueado y estos conflictos estarán presentes de forma continua en todas las pantallas, lo que permitirá al gobierno reprimir los abusos con el apoyo de la “opinión pública”. La ausencia de un marco político capaz de definir una estrategia colectiva y de nombrar el descontento popular en el lenguaje de la lucha de clases es otro signo de debilidad porque deja la puerta abierta a todas las derivas. A pesar de los historiadores (o de los sociólogos) que idealizan la “cultura popular”, el pueblo siempre está atravesado por unas tendencias contradictorias y unos juegos internos de dominación. Durante esta jornada de los chalecos amarillos se oyeron palabras xenófobas, racistas, sexistas y homófobas. Es cierto que eran muy minoritarias, pero basta que los medios se apropien de ellas (como hicieron desde el día siguiente) para que todo el movimiento esté desacreditado.

Sin embargo, la historia demuestra que una lucha popular nunca es completamente vana, ni siquiera cuando es reprimida. El movimiento de los chalecos amarillos sitúa a los sindicatos y partidos de izquierda frente a sus responsabilidades. ¿Cómo adaptarse a la nueva realidad que constituye la “democracia del público” para procurar que este tipo de conflicto social (que es de prever que se reproducirá frecuentemente) se integre en una lucha más vasta contra las desigualdades y la explotación? Esta es una de las grandes preguntas a la que tendrán que responder.

Notas de la traductora:

(1) Las jacqueries es el nombre con el que se conocen los levantamientos de los campesinos franceses contra sus señores en 1358, de donde pasó a designar los levantamientos campesinos en general. Como explica más adelante el autor, el nombre proviene del nombre de pila “Jacques” (Santiago, en castellano) con el que los nobles llamaban desdeñosamente a todos los campesinos. (N. de la t.).

(2) El término “commun” en francés tiene el sentido de lo que en nuestra lengua sería “pueblo”. El término “commune”, a su vez, tiene el sentido de “conjunto del pueblo”. Proviene de la palabra latina communia, “ reunión de personas que tiene una vida en común”. Es el nombre que adoptó la llamada Comuna de París (“Commune de Paris”) en 1870-71, cuyos miembros se llamaban “Communards” .

(3) Los Cuadernos de Quejas (“cahiers de doléances”) eran los registros en los que las asambleas que elegían a los diputados para los Estados Generales franceses escribían sus deseos y quejas. Su uso se remonta al siglo XIV. Los más conocidos son los de 1789.

(4) Se refiere a l levantamiento de los viticultores de Languedoc y los Pirineos Orientales (el “ Midi ” francés)en 1907 motivad o por una grave crisis vitícola en esta zona que se arrastraba desde principios de siglo . El movimiento fue reprimido por el gobierno de Clemenceau. Destacó la fraternización del 17 Destacamento de Infantería con los manifestantes en Béziers. La revuelta cesó el 29 de junio de 1907 tras la aprobación de la ley que regula la elaboración de los vinos franceses, todavía en vigor .

(5) Se llamaba así a los revolucionarios del inicio de la Revolución Francesa. La expresión hace referencia a que en vez de llevar el culotte , el pantalón corto que vestían los aristócratas, llevaban los pantalones largos que solía usar la gente del pueblo y los artesanos. Los sans-culottes formaron la mayor parte del ejército revolucionario durante la Revolución Francesa.

Fuente: http://noiriel.wordpress.com/2018/11/21/les-gilets-jaunes-et-les-lecons-de-lhistoire/?fbclid=IwAR0lynJPdevIx-skx-4JOuhV3hmsYRwaLRGPZYHJbrIIMEK9qHk6LYerIeU

lunes, 3 de diciembre de 2018

¿ESTÁN ALGUNOS MEDIOS Y SUSANA DÍAZ PROMOCIONANDO A VOX MIENTRAS OCULTAN LOS PROBLEMAS DE ANDALUCÍA?

Daniel Bellaco
Sevilla Digital, 28/11/2018


El partido de ultraderecha VOX está todo el día en los medios ganando una promoción impagable. Ferreras, Ana Rosa, Pepa Bueno o Susanna Griso, ricos referentes mediáticos, no preguntan casi nunca de los problemas de Andalucía en sus entrevistas pero insisten en temas nacionales y sobre todo en el supuesto escaño que conseguirían estos fachas. Su monotema es pactos postelectorales y VOX, justo lo mismo que dice Susana Díaz. ¿Es simple coincidencia?

Es increíble que no se hable en esta prensa de la corrupción, del enchufismo, el paro, la explotación laboral de empresarios subvencionados, la privatización de la sanidad o de los comedores de escuelas y hospitales que se dan constructoras y grandes multinacionales. ¿No importa todo esto?

Parece que solo interesa alarmar y por tanto promocionar que este partido de descerebrados vaya a sacar un escaño según las encuestas pagadas por los medios de comunicación. Los hay de todos los colores, incluso medios que tienen una línea distinta a nivel nacional aquí en Andalucía apoyan a la “Ángela Channing” de la política, como llamó Teresa Rodríguez a Susana Díaz.

Y es que la estrategia de señora Díaz, alias Cersei Lannister según la candidata de Adelante Andalucía, de dar bombo a VOX  por parte del PSOE-A coincide con la de algunos medios a los que se paga 600 millones de euros de dinero de los andaluces. ¿La casualidad? ¿Hay que darle bombo a la ultraderecha? ¿Es esa la consigna?

Por otra parte, si escuchas la SER (Grupo PRISA) u ONDA CERO (del Grupo Atresmedia – La Sexta), por poner algunos ejemplos, verás que todo está inundado de publicidad de la Junta, a saco, incluso en campaña electoral. Algunos grupos mediáticos llevan décadas recibiendo auténticas millonadas. Luego se preguntan algunos por qué ha ganado siempre la organización PSOE-A, no se dan cuenta, que pena.

Quizás es más sencillo de lo que ciertos periodistas creen pero no caen, a pesar de las pruebas. El hecho de que unos grupos mediáticos reciban ingentes cantidades de publicidad institucional ¿Tiene esto algo que ver con su olvido de ciertos problemas? ¿Es este el principal motivo, además de otras vías del clientelismo y de enchufismo por el que ha ganado esta organización de poder tanto tiempo? El control mediático en Andalucía se asemeja al de Franco con el NODO, de hecho llevan ya más tiempo que el dictador controlando el poder, son sus herederos, los nuevos señoritos.

En otro orden de cosas, o no, la cuñada de Ferreras trabaja para la organización de Susana Díaz. Beatriz Talegón la acusó de filtrar imágenes a su cuñado Ferreras del Comité Federal donde se estaba dando el golpe por los susánidas. ¿Es cierto eso? Estaría muy feo.

Aquella conjura mediática de tanta prensa del IBEX que se cuadró con el susanismo para dar el golpe a Pedro Sánchez y encumbrar a Mariano Rajoy ¿Tiene ahora otra derivada? ¿La pela por la pela? ¿Da igual todo? Los 600 millones de Susana Díaz han hecho ricos a muchos directivos de medios de comunicación y ese flujo parece que no se puede parar. Es casi la dueña de los medios, los financia como si no hubiera un mañana. ¿Se apoya a la ultraderecha mientras se censura la realidad? Ahora todo en la campaña andaluza gira en torno a VOX y desde luego no se habla mucho de lo que sucede aquí.

Lo que pasa es que el partido de la señora Díaz, esa organización manchada por infinidad de casos de corrupción y enchufismo masivo, está viendo que las encuestas van por un lado y la realidad por otro. Podrían perder ante Adelante Andalucía, a pesar del bombo mediático a VOX y Ciudadanos. ¿Qué sería de tanto político profesional? ¿Irían a la cola del paro? Pero si no tienen experiencia laboral en la privada ¿Montarán un colmaito, acabarán en una multinacional sanitaria o en el IBEX? Hagan apuestas.

¿Y qué pasará con los medios que reciben su paguita multimillonaria desde hace décadas? ¿Van a tener que mirarse al espejo y analizar si hacen periodismo o son simples cortesanos del poder?

Si el régimen se derrumba ¿Qué pasará con algunos mercenarios mediáticos? ¿Tendrán que cambiar de chaqueta? ¿Será eso un problema para ellos?

Y lo más grave ¿Qué haremos con esos supuestos diputados de la extrema derecha? ¿Se los llevarán a su casa para ponerlos en la vitrina del salón? Al fin y al cabo son su logro, su rico trofeo, el producto de su trabajo ‘bien pagao’. ¿Más periodismo?

viernes, 30 de noviembre de 2018

A PROPÓSITO DEL 8 DE MARZO: FEMINISMO, INTERCLASISMO Y SUPREMACISMO

[Este texto lo escribí por encargo para una revista anarquista pero no llegaron a publicarlo así que lo publico ahora, meses más tarde, en mi blog.]

“El deber de protestar contra la opresión nacional y de combatirla, que corresponde al partido de clase del proletariado, no encuentra su fundamento en ningún «derecho de las naciones» particular, así como tampoco la igualdad política y social de los sexos no emana de ningún “derecho de la mujer” al que hace referencia el movimiento burgués de emancipación de las mujeres. Estos deberes no pueden deducirse más que de una oposición generalizada al sistema de clases, a todas las formas de desigualdad social y a todo poder de dominación. En una palabra, se deducen del principio fundamental del socialismo.”
La cuestión nacional, Rosa Luxemburg.


Comienzo este texto citando a Rosa Luxemburg, una de las mentes más lúcidas de la izquierda europea. Curiosamente, a pesar de su crítica desde su perspectiva marxista a las reivindicaciones nacionalistas y feministas como un contrasentido y un absurdo, Rosa Luxemburg ha sido tildada por gran parte de la izquierda actual como “pionera del feminismo”. Como podemos leer en la cita, nada está más lejos de la realidad; debe ser que esa izquierda usa para defender sus tesis autoras que jamás ha leído.

Para empezar habría que decir que ya desde sus orígenes el término “feminista” es contradictorio con los fines de la izquierda y el socialismo en tanto que es excluyente de la mitad (o casi) de la población. “Feminismo” es tan excluyente como los términos “catalanismo” o “vasquismo”, empleados por los nacionalistas “de izquierda” de nuestra piel de toro para pedir derechos especiales, es decir, privilegios, para sus feudos. Y estos privilegios son incompatibles con la idea de igualdad que defiende (o debería) la izquierda. De hecho, el término fue popularizado por el movimiento sufragista que defendía la justa causa del voto femenino, pero que era de clase burguesa y de naturaleza conservadora y defendía la no tan justa causa de la guerra. Así, las feministas británicas hicieron una campaña muy activa para mandar mujeres al frente durante la Primera Guerra Mundial. Recuerdo que una vez oí de boca de una feminista el eslogan “la guerra es un crimen contra la mujer”. Pues según atestigua el siguiente cartel, no es así, sino que más bien es un crimen contra la humanidad en el que las feministas británicas quisieron participar.


Las chicas también son guerreras

Detalles como éste dejan al descubierto el carácter interclasista de la lucha feminista como ya advirtiera Rosa Luxemburg. Según ésta, tanto el nacionalismo como el feminismo eran un mecanismo fomentado por la burguesía para desbaratar la lucha de clases y por ende neutralizar a la izquierda. Ella creía que la opresión nacional, racial o de género se debe combatir desde el propio movimiento obrero para que nunca abandonara una perspectiva de clase, sin la cual las luchas parciales tomarían un cariz cada vez más reaccionario y al final debilitarían a la izquierda convirtiéndola en un títere de la burguesía. Luxemburg no se equivocó y hoy tenemos una izquierda débil, llámese Unidos Podemos, CNT o CGT, que defiende valores que no le son propios. Baste citar cómo la festividad del 8 de marzo, antes Día Internacional de la Mujer Trabajadora, ha devenido en Día de la Mujer, a secas; un día en el que las mujeres de las organizaciones supuestamente de izquierda han celebrado lo mismo que las banqueras, empresarias y ejecutivas de multinacionales. A la celebración se unieron los partidos políticos más reaccionarios así como los medios corporativos, evidenciándose el carácter inocuo de la supuesta protesta.


Las políticas de acción afirmativa hacen Goliats de antiguos David.


Pero el feminismo no se conformó con hacer tabula rasa con las diferencias socio-económicas sino que además comenzó a pedir “derechos especiales” para las mujeres. Así, las luchas sectoriales de los años 70 en los EE.UU dieron pie a la generalización de las políticas de “acción afirmativa”, o como decimos en Europa, menos eufemísticamente, de “discriminación positiva”, especialmente bajo las administraciones del Partido Demócrata (un partido de la élite liberal, que no izquierdista) pero también bajo las más conservadoras y ultraliberales del Partido Republicano. Aquí habría que decir que por muy nobles que nos parezcan las causas defendidas por estos movimientos por los derechos civiles, la sectorialización de la lucha social en los EE.UU. fue consecuencia de la derrota de la clase trabajadora americana que, tras dos guerras mundiales (durante las cuales el movimiento obrero, de tradición antimilitarista, fue perseguido como en la peor de las dictaduras) y el terror macartista de la Guerra Fría, había sido literalmente pulverizada por la burguesía. Y, por otra parte, también hay que indicar que esta política de dar privilegios a sectores que antes estaban oprimidos no es más que, como dice el refrán castizo “desnudar a un santo para vestir a otro”. El dibujante El Roto recogía muy bien el concepto en una viñeta donde Dios le decía a un triunfante David que acababa de matar a Goliat: “Has vencido David, a partir de ahora tú serás Goliat”. En realidad, esta política de salvar a unos oprimidos y usar a éstos para hundir más al resto lo único que ha creado es desunión y fragmentación en el pueblo llano así como agravios comparativos pues dichos privilegios han sido concedidos en detrimento de nuevos sectores de discriminados, los amplios sectores sociales oprimidos que no encajan en el perfil de los beneficiarios de la “acción afirmativa”. Y ni siquiera para los beneficiarios de esta política la felicidad ha sido completa puesto que la “discriminación positiva” (expresión que parece salida de la neolengua orwelliana) ha dado argumentos racionales a los sectores sociales tradicionalmente racistas, machistas y homófobos, con lo que ha contribuido a alimentar estos sentimientos reaccionarios. Y todo ello ha sido observado con verdadera fruición desde sus áticos de lujo por las élites financieras, a las que si hay algo que realmente moleste es la igualdad y que los de abajo se organicen. En este sentido, la estrategia que ha usado la burguesía financiera es calcada de la que usó la burguesía industrial en el mundo del trabajo con la jerarquización y división de la fuerza laboral a través de la imposición de categorías.

Paralelamente a la potenciación de la fragmentación de las luchas de los oprimidos, el feminismo en los últimos 20 años se ha recubierto de una retórica supremacista y satanizadora de todo lo masculino. A ello han contribuido las políticas de la pseudoizquierda liberal (léase, en España, el PSOE y nuestros nacionalistas septentrionales, aunque el PP tampoco le ha hecho ascos) y los grandes medios de masas. Estos últimos han estado llevando de manera exhaustiva el recuento de mujeres muertas a manos de hombres en el ámbito doméstico pero han silenciado otros tipos de muertes en dicho ámbito (de hombres a manos de sus esposas o de hombres homosexuales a manos de sus esposos o de mujeres homosexuales a manos de sus esposas o de hijos e hijas manos de sus madres). Ya se sabe que lo que no sale en la TV no existe. Con ello se ha contribuido a crear un siniestro retrato robot del hombre propio de un violador, pederasta y asesino. De esto se ha impregnado la publicidad donde hemos pasado de los anuncios del posfranquismo que denigraban a las mujeres a anuncios que denigran al hombre ya que a cargo de la censura publicitaria está el Instituto de la Mujer, que obviamente censura todo aquello que atenta contra la dignidad de la mujer pero no contra la del hombre. ¿Por qué no se crea un órgano igualitario que retire todo anuncio que atente contra cualquier ser humano sea hombre o mujer? Pues porque como ya he dicho si hay algo que odia el régimen burgués en el que vivimos es la igualdad.



Hillary Clinton, una de las principales valedoras de las políticas liberales de “acción afirmativa” feministas en los últimos tiempos y también una de las artífices del bombardeo imperialista de Libia y del asesinato y descuartizamiento de Muamar El Gadafi. También financia el régimen integrista y feminicida de Qatar a través de la Fundación Clinton.

Y con ello vemos cómo el feminismo separado del movimiento obrero y de la perspectiva de clase, según predijo Rosa Luxemburg, ha partido de la lógica y justa reivindicación de reclamar la igualdad entre los dos géneros a fomentar la desigualdad sobre una base supremacista, como una suerte de nacionalismo femenino. Es sintomático cómo, hace unos años, una psicóloga de empresa (de esas que desde los departamentos de RRHH lavan el cerebro a los trabajadores para que se dejen explotar aún más) en el muy progre periódico 20 minutos escribía en un artículo que, literalmente, la “igualdad es otra máscara más del machismo”. Y ya desde hace también unos años no hay más que meterse en cualquier blog feminista para leer que el feminismo lo que busca no es, como se decía antaño, la igualdad de sexos, sino “la vuelta al matriarcado de los tiempos prehistóricos”, donde todo estaba regido por los valores femeninos, que, por supuesto, eran superiores a los masculinos y hacían del mundo un paraíso terrenal. Es bastante revelador que en esto el feminismo coincida con el ideal social de los movimientos reaccionarios, y en especial de las religiones, típicamente situado en la línea del tiempo en un glorioso pasado remoto. Está claro que de algo situado en una época de la que nada ha quedado escrito y de la muy poco se sabe se puede fantasear a la manera romántica todo lo que se quiera. Sin embargo, permitidme que no me fíe de la supuesta bondad de ese periodo ya que soy persona progresista y como tal creo que el ser humano evoluciona de un pasado marcado por la animalidad y la brutalidad hacia un futuro que ha de conquistar a través de su paulatina humanización. En eso precisamente, en buscar un sociedad ideal en el futuro, se basa el socialismo (sea marxista o libertario.)

Y los efectos de esta desigualdad llevan años siendo patentes. Hace tiempo que tenemos leyes que castigan con más dureza ciertos delitos si han sido cometidos por hombres, con lo cual los contenidos más progresistas de esa constitución burguesa y monárquica nuestra, los que tienen que ver con la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, se han quedado en papel mojado y nadie, a derecha, izquierda o centro, se atreve a discutirlo. Y nadie se atreve a discutirlo porque junto a ese supremacismo se ha instalado en el movimiento feminista un mecanismo inquisidor que fomenta el silencio a través de la autocensura. Y es que nadie, mujer u hombre, se atreve a discrepar del credo feminista que ya es parte de la ideología dominante del régimen burgués, so pena de ser tildado de “machista” o incluso de “fascista”. Esto es muy parecido a lo que hacen nuestros nacionalistas “de izquierda” con el término “españolista”, si bien en el caso de los nacionalismos del norte de España la discriminación ni siquiera es “positiva” ya que tienen su base en zonas que han sido las de mayor renta per cápita del país durante siglos.

Y así llegamos al 8 de marzo de 2018 en el que se monta por parte de los dos grandes sindicatos del régimen, UGT y CCOO, una huelga parcial feminista, a la que los hombres solo pueden acudir como “acompañantes” (¿Pero cómo exactamente? ¿Como una mascota?) y a la que los medios le dan cobertura durante días y días y nadie sospecha que el sistema esté cooptando al feminismo para mayor gloria de la explotación de clase. ¿Me podría explicar alguien qué clase de huelga o acto subversivo es promocionado desde los medios de formación de masas e incluso secundado por partidos de derechas? Contestaré yo: una huelga que es no existe promovida por una izquierda que no tampoco existe porque ha sido fagocitada por dentro por la ideología liberal de las élites.


 Cartel llamando a la participación en el Día de la Mujer con la imagen de la profesora Laura Nuño, psicóloga feminista y a día de hoy dimitida subdirectora del Instituto de la Universidad Juan Carlos I que amañó un máster para Cristina Cifuentes (PP). Fue colaboradora el Prof. Manuel Tamayo Saenz, también profesor de la Juan Carlos I y protagonista del “tamayazo”, un caso de corrupción y transfuguismo que dio la llave de gobierno de la comunidad de Madrid al PP. Ésta es una de las consecuencias de la pérdida de la perspectiva de clase del movimiento feminista antes aludida.

martes, 6 de noviembre de 2018

ACUSACIÓN A KAVANAUGH POR VIOLACIÓN ES FALSA

ABC Noticias / EFE, 03/11/2018

Una de las múltiples acusaciones fue retractada por la mujer, y aseguró que nunca lo ha conocido en persona



Washington.- Una mujer que acusó al magistrado del Tribunal Supremo de Estados Unidos, Brett Kavanaugh de haberla violado reconoció que mintió para evitar la confirmación del juez ya que estaba "furiosa", según informó el Comité Judicial del Senado.

La mujer, Judy Munro-Leighton, reivindicó la autoría de una carta anónima que recibió en septiembre la senadora demócrata Kamala Harris, miembro del Comité, acusando a Kavanaugh y a otro hombre de haberla violado "varias veces cada uno" en un vehículo.

La carta iba firmada bajo el seudónimo "Jane Doe" y Kavanaugh negó en ese momento las acusaciones que contenía, que por poco específicas no recibieron demasiada atención de los senadores.

A principios de octubre, Munro-Leighton se puso en contacto con el Comité con un correo electrónico en el que reivindicó la autoría de la carta a Harris, mantuvo lo que en ella estaba escrito y aseguró que "tenía mucho miedo" de que sus datos salieran a la luz. La identidad de Munro-Leighton, de hecho, no trascendió a la opinión pública entonces.

Tras varios intentos a lo largo de octubre para corroborar su denuncia, los investigadores del Comité pudieron contar con la mujer este jueves, cuando reconoció que ella no era en realidad "Jane Doe" y que, de hecho, no conocía a Kavanaugh personalmente.

La mujer dijo que "solo quería llamar la atención" y que era una "táctica" para evitar la confirmación de juez nominado por el Presidente de Estados Unidos, Donald Trump.

La carta de "Jane Doe" y la irrupción de Munro-Leighton coincidió en el momento en el que el Senado valoraba la confirmación de Kavanaugh y en el que varias mujeres hicieron público que, supuestamente, el juez las había agredido sexualmente décadas atrás.

Una de ellas, de hecho, Christine Blasey Ford, llegó a comparecer ante el Comité para explicar su historia.

El presidente del Comité Judicial, el republicano Charles Grassley, puso en conocimiento del Fiscal general de EU, Jeff Sessions, y del director del FBI, Christopher Wray, el caso de Munro-Leighton para que actúen a su "consideración" ante los actos "potencialmente ilegales" de la mujer.

"Estos actos no son solo injustos, son potencialmente ilegales. Es ilegal hacer declaraciones falsas, ficticias o fraudulentas a investigadores del Congreso. Es ilegal obstruir investigaciones del Congreso", dijo Grassley.

Kavanaugh fue finalmente confirmado por el Senado de EU el 6 de octubre y ese mismo día asumió la posición de juez del Supremo.

Al respecto, el Presidente Trump reprochó las acusaciones falsas de la mujer.

"Una perversa acusadora del juez Kavanaugh acaba de admitir que estaba mintiendo, su historia estaba totalmente hecha, y falsa! ¿Se imaginan si no se hubiera convertido en juez de la Corte Suprema por sus asquerosas declaraciones falsas? ¿Y los otros? ¿Dónde están los demócratas en esto?", escribió en su cuenta de Twitter.

domingo, 28 de octubre de 2018

LORENT SALEH: "MI PROFESIÓN ES TERRORISTA" (Vídeo)

Éste es el "mártir de los derechos humanos" al que protegen los medios de comunicación de este país... Un tipo que confiesa que "su profesión es terrorista"... Y que por cierto ahora llevan de gira por ahí para acusar a Podemos de comerse a niños crudos. Qué patética es la oligarquía española.

sábado, 27 de octubre de 2018

UN AÑO DEL MOVIMIENTO #METOO

David Walsh
Trad. por Tommaso della Macchina


El movimiento #MeToo cumple un año este mes. Los artículos en el New York Times y en la revista New Yorker detallando las acusaciones contra el productor de Hollywood Harvey Weinstein abrieron la campaña. Docenas y docenas de acusaciones han seguido.

La ostensible meta de este floreciente movimiento es combatir el acoso y las agresiones sexuales, es decir, estimular la aparición medidas de progreso social. Sin embargo, los medios represivos y regresivos a los que se ha recurrido – incluyendo denuncias sin fundamento y a menudo anónimas y los constantes ataques a la presunción de inocencia y a los procedimientos legales – desmienten las reivindicaciones “progresistas”. Tales métodos son las señas de identidad de un movimiento antidemocrático y autoritario, y un movimiento, además, que deliberadamente desvía la atención sobre la inequidad social, los ataques a la clase obrera, la amenaza de una guerra y otros grandes temas sociales y políticos del momento.

En vez de generar mejoras sociales el movimiento #MeToo, muy al contrario, ha contribuido a dinamitar los derechos democráticos, ha creado una atmósfera de intimidación y miedo y ha destruido las reputaciones y las trayectorias profesionales de un considerable número de artistas y otras personas. Se ha unido a la estrategia oposición del Partido Demócrata a la administración Trump y a los republicanos desde una posicionamiento de extrema derecha.

La histeria sexual se ha centrado en Hollywwod y los medios de comunicación, aéreas en donde casualmente el subjetivismo, el extremo egocentrismo y el ansia de estar en el candelero abundan.

La caza de brujas mccartista encontró tan poca oposición a finales de la década de los 40 del siglo pasado en Hollywood en gran medida porque la falta de preparación política de la izquierda artístico-intelectual, bajo la influencia del estalinismo y el frentepopulismo. Sin embargo, combinado con eso, estaba también el hecho de que, para salvar sus carreras profesionales –y sus piscinas, como en el famoso chiste de Orson Welles- hubo individuos que de manera oportunista se volvieron contra amigos y compañeros de trabajo, “dieron nombres” y rompieron relaciones, a menudo aparentemente sin ningún escrúpulo. Hay que recordar la frase inmortal del actor James Dean, “explicando” por qué consintió trabajar con el director-soplón Elia Kazan, sobre del cual él se había expresado con desprecio: “él me hizo una estrella”. Ahora ya somos perros viejos.

No debemos hacernos ilusiones acerca de la moralidad que ha prevalecido en la industria del cine y las que se relacionan con ésta. Muchos hombres y mujeres jóvenes y atractivos, ansiosos de fama, se encuentran a merced de influyentes o incluso relativamente humildes figuras que les pueden enchufar, hombres y a veces mujeres que parecen tener el control de sus destinos futuros. Ésta es una situación que se presta al abuso. No tiene que ver en principio con el sexo sino con el ansia de poder. 

Esto llevaría a un contemporáneo Theodore Dreiser o F. Scott Fitzgerald a escribir acerca del tipo de fantasía sobre el mundo dorado de la fama -y el pánico a no participar en él- que mueve a un gran número de gente en EE.UU., especialmente bajo condiciones en las que para muchos la alternativa parece ser el abismo económico o psíquico.

(Clyde Griffiths en La tragedia americana de Dreiser: “Se sentía tan fuera de ello, tan solo y agotado y machacado por todo lo que vio allí, pues adonde quiera que mirara parecía ver, amor, romance, felicidad. ¿Qué hacer? ¿A dónde ir? Él no podía seguir solo de esta manera para siempre. Era demasiado desgraciado… Era demasiado duro ser pobre, no tener dinero y posición y ser capaz de hacer en la vida exactamente lo que quisieres… Adiós al efecto de la opulencia, la belleza, el privilegiado estatus social al que él tanto aspiraba sobre un temperamento que era cambiante e inestable como el agua… Qué maravilloso ser de ese mundo”)



Que nadie sea ingenuo en cuanto al grado en el que muchos aspirantes consienten la actividad sexual en nombre del éxito profesional, justificándolo como uno de los desagradables costes típicamente asociados a “llegar a lo alto”, o incluso lavando la cara a ciertas situaciones que precisan del autoengaño, lo cual en el fondo no implica nada más que movimientos fríos y calculados envueltos en un aura cuasi-romántica. 

La vergüenza y el remordimiento puede que lleguen más tarde, especialmente si las cosas no van demasiado bien. La gente, incluyendo las actrices cuyas carreras profesionales –aunque no por culpa suya en muchos casos- están estancadas o en declive, puede que concentre ciega y vengativamente su decepción o desilusión con Hollywood retroactivamente sobre figuras como Weinstein. (Además, como ya hemos precisado antes, en algunos casos la campaña contra la mala conducta sexual ha devuelto carreras profesionales a la vida y ha abierto nuevas posibilidades financieras. Es ridículo seguir alabando la valentía de las acusadoras que han dado un paso al frente, cuando éstas generalmente han recibido el aplauso del público y les ha salido la jugada bastante redonda.)

Uno no tiene especial motivo para pensar bien de la nueva hornada de personalidades cinematográficas, que han perseguido el éxito bajo malas condiciones artísticas e ideológicas, donde la indiferencia social y el egocentrismo han sido trasformados en virtudes positivas. Como escribimos el año pasado, “para ser totalmente sincero, hay una gran diferencia entre la situación a la que se enfrenta una mujer de clase trabajadora, por un lado, para la cual ceder a la presiones sexuales en una fábrica o en una oficina puede ser virtualmente un asunto de vida o muerte, y las opciones abiertas a alguien del mundo del espectáculo, por otra parte, que sigue el juego cuando le conviene ascender profesionalmente.”

En su ira y su desorientación, a un buen número de partidarios de #MeToo se les ha ocurrido la idea que “hay que creer a las mujeres” cuando acusan a alguien de mala conducta sexual, incluso si no hay ninguna otra prueba. Es una realidad dolorosa que hay ciertas situaciones que pueden, sobre todo a posteriori, depender de la palabra de una de las partes contra la palabra de la otra. Esto indudablemente deja abierta la posibilidad de que ciertos infractores puedan eludir el castigo.

Pero la alternativa –fiarse tan solo de la palabra de quien acusa– es peor y se burla de la presunción de inocencia o incluso de que el requerimiento de la preponderancia de las pruebas debe ser lo que indique la culpabilidad. Por tanto, estamos ciertamente en el terreno de la caza de brujas y de las turbas linchadoras. 

Como los hombres, las mujeres mienten –como en los tristemente famosos episodios de los casos de los chicos de Scottsboro y Emmett Till, junto con los más recientes que tenían que ver con Tawana Brawley, falsas acusaciones contra el equipo de lacrosse de Duke, “Jakie” en la universidad de Virginia y los cargos contra la celebridad de la CBC Jian Ghomeshi– demuestran.

Precisamente porque las mujeres se enfrentan a sanciones particularmente hipócritas por tipos de conductas sexuales poco ortodoxas o mal vistas, tienen un incentivo para mentir ante ciertas circunstancias.

De la misma manera, uno además estaría simplemente ignorando la realidad social y psicológica al ignorar la verdad del comentario del novelista Alfred Döblin de que precisamente porque las mujeres constituyen “un sexo pisoteado que sigue luchando para afirmarse”, como los “terrosristas”, éstas “no descartan los actos de violencia más inhumanos”. La venganza puede ser una expresión vuelta del revés de condiciones dolorosas y oprimidas social o psicológicamente pero eso no la ennoblece o legitima como para hacer un programa de ello. “No me importa que hombres inocentes se enfrenten a un castigo porque las mujeres hemos sufrido mucho”. El mensaje subyacente al comentario feminista es un eslogan terrible y vergonzoso sin el menor contenido progresista.

The Economist recientemente informó de los resultados de dos sondeos llevados a cabo en noviembre de 2017 y septiembre de 2018, que indican que “la tormenta de alegaciones, confesiones y despidos del último año ha hecho a los EE.UU. más escéptico respecto al acoso sexual.” La revista escribió: “la proporción de adultos americanos que hace 20 años respondían que los hombres que acosan sexualmente a mujeres en el trabajo deben mantener sus puestos de trabajo ha subido del 28 al 36 por ciento. El porcentaje de los que piensan que las mujeres que se quejan de acoso sexual causan más problemas de los que resuelven ha crecido del 29 al 31 por ciento. Y el 18 por ciento de los americanos ahora piensan que las falsas acusaciones de agresión sexual son un problema mayor que las agresiones que no se denuncian o castigan.” El artículo añadía, “estos cambios de opinión contra las víctimas han estado ligeramente más marcados en las mujeres que en los hombres.”

Este creciente escepticismo por parte del público en general, que cada vez más tiende a ver a celebridades como Rose McGowan, Asia Argento y otras como trepas neuróticas o algo peor, tiene generalmente un componente saludable. Es también uno de los factores tras el fortalecimiento de la retórica y la histeria en #MeToo, en el Partido Demócrata y en los círculos de la pseudo-izquierda durante la confrontación Brett Kavanaugh-Christine Blasey Ford. Estas fuerzas no han en absoluto podido convencer al público americano, y ahora cada vez más gente tiende a reprenderles.

Sin embargo, sus esfuerzos tienen consecuencias. En tanto que las deshonestas y sensacionalistas “revelaciones” periodísticas de Ronan Farrow en el New Yorker, de la plantilla del New York Times y otros se no se desmonten, que bien podría hacerse, esto dinamitará las denuncias y acusaciones de las genuinas víctimas de los abusos sexuales y generará el peligro de una reacción violenta en contra. La temeridad de Farrow, Jessica Valenti, Rebecca Traister y compañía en este respecto es puramente otra expresión de su profunda y pequeño burguesa indiferencia frente al destino del grueso de la población, incluida su mitad femenina.

La agresión sexual y la violencia, la mayoría contra las mujeres, son fenómenos sociales graves y terribles, da igual qué estadísticas elijamos para basarnos. La invasión del cuerpo propio es una de las más dañinas y humillantes experiencias posibles. El abuso sexual expresa la brutalidad de la sociedad de clases en una de las formas en las que se muestra en la vida cotidiana de los individuos y las comunidades.

Las mujeres pobres e inmigrantes, las socialmente indefensas y desposeídas, generalmente, las más jóvenes, las que están a merced de los ricos y los poderosos, ésas que dependen de sus patronos o de funcionarios del estado, son las más vulnerables. Sin embargo, la violencia dentro de los oprimidos es también un hecho vital de la sociedad burguesa. Aquellos que han sido maltratados pueden maltratar a otros. Los estudios revelan que, por ejemplo, se ha experimentado un pronunciado incremento de la violencia doméstica en familias donde ha habido despidos.

En cualquier caso, a pesar de las ocasionales palabras bonitas, nadie en los movimientos #MeToo y Time’s Up, ahora liderado por individualidades ricas e influyentes como Tina Tchen, antigua asesora de Barack Obama, se dirige a las mujeres de clase obrera, que están dejadas a su suerte.

En definitiva, #MeToo es una respuesta reaccionaria a un problema social real.

La vacuidad de las quejas feministas de clase media acerca de la arbitrariedad e injusticia de la sociedad actual se pone en evidencia por su carácter selectivo. No se preocupan por los miles de hombres que mueren en accidentes industriales o las decenas de hombres y chicos que mueren por sobredosis de opiáceos o se suicidan anualmente. Ese sufrimiento no interesa, junto con el caos mortal causado por todas las intervenciones militares americanas en todo el planeta, a menudo llevadas a cabo en nombre de los “derechos humanos” o incluso de los “derechos de las mujeres.”

Quienes se quejan más alto tienden a tener menos por lo que quejarse. Las mujeres profesionales han dado grandes pasos en las últimas décadas. Según la investigadora y académica del Reino Unido Alison Wolf, “entre los hombres y mujeres jóvenes [en los países de capitalismo avanzado] con los mismos niveles educativos, que ha dedicado también el mismo tiempo a la misma ocupación, no hay brecha salarial entre géneros”, aunque las mujeres continúan siendo castigadas económicamente por si tienen hijos (a no ser que sean tremendamente ricas).

El número de abogadas, doctoras, dentistas, contables y otras se ha disparado en los años recientes. Wolf explica que en los EE.UU., “las mujeres que ejercen la abogacía han ido del 3 por ciento en los años 70 al 40 por ciento hoy día y son más de la mitad de los estudiantes de derecho.” La Fundación Rusell Sage apunta que “el número de títulos profesionales conseguidos por hombres ha bajado ligeramente (de 40.229 en 1982 a 34.661 en 2010), mientras que los títulos profesionales conseguidos por mujeres se han incrementado en casi 20 veces más –de 1.534 títulos en 1970 a 30.289 en 2010.”

Una parte de esta nueva capa social próspera e independiente tiene hambre de más, ve a los hombres todavía mejor situados en el poder como rivales que han de ser desplazados –si es necesario por medios despiadados y poco éticos. Esta feroz lucha intestina, este barrido de un género por otro, dentro de esta clase media alta, irrumpe en los titulares de prensa en la forma del movimiento #MeToo y los numerosos intentos de destituir a figuras mediáticas y académicas usando acusaciones de mala conducta sexual muchas de los cuales se han demostrado que son exageradas o inventadas.

La socialista alemana Clara Zetkin se remonta tan lejos como al año 1985, en que “las demandas de género al desarrollar una ocupación” de las mujeres burguesas “no significan nada más que la materialización de la libre competencia y el libre mercado entre hombres y mujeres. La materialización de esta demanda despierta un conflicto de interés entre las mujeres y los hombres de la clase media y la intelligentsia”. Por otra parte, “la lucha de liberación de la mujer proletaria no puede ser –como lo es para la mujer burguesa– una lucha contra los hombres de su propia clase.” Ésta “lucha codo con codo con los hombres de su propia clase.”

Para justificar y facilitar su avance a expensas de los supuestamente bestiales y depredadores varones, las feministas de #MeToo han intentado imponer su propio código moral. Éste tiene poco que ver con la salvaguarda de las mujeres en general y con la seguridad en el puesto de trabajo en particular. No ha tenido ningún impacto positivo en el puesto de trabajo en los EE.UU., donde prevalecen condiciones tiránicas –cada vez más parecidas a las de finales del siglo XIX y principios del XX– para ambos géneros.

Uno de los aspectos más perniciosos de la caza de brujas sexual ha sido el esfuerzo de estigmatizar una amplia gama de actividades sexuales, “incluyendo” como hemos apuntado, “muchas que reflejan ambigüedades y complejidades de las interacciones humanas.”

En un triste y sórdido revival del puritanismo americano o el victorianismo, hombres importantes han sido denunciado por promiscuidad (por ejemplo, por “citas en serie”), adulterio y en un caso publicitado a nivel nacional, “coqueteo que se desvía bruscamente hacia terrenos sexuales, proposiciones sexuales indeseadas y relaciones sexuales consentidas acabadas abruptamente” (es decir, ¡la interrupción de una relación sin haberlo advertido suficientemente!)

Asociado a todo esto está el antidemocrático y espurio esfuerzo de criminalizar las experiencias del “sexo de la zona gris” – aquellas, por ejemplo, donde dos personas acuerdan acostarse, pero una se arrepiente después de hacerlo. Así, tenemos el desagradable ataque contra el cómico Aziz Ansari por parte de una mujer que tuvo un insatisfactorio encuentro con él y corrió a quejarse a una periodista sobre ello –“3000 palabras de porno vengativo”, en las palabras de la columnista del Atlantic Caitlin Flanagan. “El detalle clínico con el que la historia está narrada está pensado no tanto para validar su relato como para herir y humillar a Ansari”, prosigue Flanagan. “Juntas, las dos mujeres [incluida la periodista] podían haber destruido la carrera de Ansari, lo que constituye hoy día el castigo para cualquier mala conducta sexual, desde lo grotesco a lo decepcionante.”

En la onda de perseguir la destrucción, un deplorable artículo de  Julianne Escobedo Shepherd en Jezebel nos informa que “el nuevo derrotero de #MeToo pasa por una visión más profunda de las experiencias más comunes y difíciles de definir. Está dirigiendo su mirada a un mundo más equitativo en el cual las mujeres y otros géneros marginalizados puedan vivir con menos miedo, excavando en las zonas grises y formándonos a todos en el daño que éstas causan… ¿Cómo hablamos de comportamientos que son dañinos y no equitativos pero no son ilegales? ¿Cómo hablamos de las mujeres afectadas por éstos? ¿Y qué pasa cuando las acusaciones de tales comportamientos se hacen contra alguien que se supone que es un aliado?”.

Ésta es la “frontera sin ley”, como ha argumentado W[orld] S[ocialist] Web] S[ite], donde “el castigo será infligido a través de la humillación y el ridículo públicos”, y donde lo “subjetivo, personal y arbitrario están siendo potenciados como una base alternativa para establecer la responsabilidad criminal.”

El “área gris” debe también incluir varias formas de titubeo y falta de entendimiento sexual incluyendo hacer proposiciones no bienvenidas o no deseadas, las cuales, si se prohíben, podrían fin a cualquier tipo de relación futura.

Categorizar cada paso en falso o palabra mal elegida como una forma de abuso es un absurdo inhumano y reaccionario, que, de ser tomado completamente en serio, hará un tremendo daño a las mentes de incontables jóvenes mujeres y hombres en particular.

Mientras tanto, la lucha diaria para ganarse el sustento, para dar ropa y cobijo a una familia y manejarse en un entorno social y político inestable preocupa a la inmensa mayoría de la clase trabajadora, mujeres y hombres. Y por encima de todo, un número cada vez más grande se está dando cuenta de que es necesario un cambio radical en el orden social en su conjunto.

Pero las cazadoras de brujas de #MeToo no son parte de esta lucha terriblemente hostil.

lunes, 15 de octubre de 2018

¿CÓMO SE ENGENDRÓ EL MONSTRUO BOLSONARO?

Gerardo Szalkowicz
Rebelión, 11-10-2018



Algo cambió el domingo en la política latinoamericana. La foto asusta: casi 50 millones de brasileños y brasileñas votaron por un proyecto abiertamente fascista. El 46% del electorado del país más grande de la región (y el quinto del mundo) eligió a un candidato que reivindica la tortura y hace apología de la dictadura, que despliega una retórica de odio, machista, racista y homofóbica descomunal y que promete armar a la población y privatizar las empresas estatales. De yapa, su hijo se convirtió en el diputado más votado de la historia brasileña.

El refortalecimiento de la derecha pura y dura ya se venía acentuando con los Macri, Piñera, el propio Temer, Mario Abdo, Iván Duque y varios más. Pero la irrupción de una ultraderecha troglodita que logra conquistar una enorme base social -un experimento que se instaló en EEUU con Trump y que se extiende en Europa- es un emergente novedoso en América Latina que nos alborota los diagnósticos. Y enciende todas las alarmas.

Brasil quedó al borde del abismo. Y más allá de las urgencias de cara a la segunda vuelta, toca desentrañar la película completa ante el retorno del oscurantismo. ¿Cómo se gestó este fenómeno político, sociológico y hasta religioso llamado Jair Messias Bolsonaro?

El triunfo de la “antipolítica”, o la política del odio

Para comprender este tsunami político es necesaria una mirada retrospectiva de largo aliento. O al menos de mediano. Un país cuya independencia fue proclamada por un príncipe portugués, que no vivió procesos revolucionarios, cuya última dictadura duró 21 años y tuvo una salida bastante consensuada, parió una sociedad históricamente despolitizada. Pero este sentimiento “antipolítica” se repotenció en los últimos años, estimulado por la operación Lava Jato y los grandes medios. Tras el golpe institucional que destituyó a Dilma en 2016 y la paupérrima gestión de Michel Temer, quedó en evidencia la putrefacción del sistema político y se impuso un sentido común de rechazo a la clase dirigente. De hecho, los principales castigados de la elección del domingo fueron los dos principales partidos del establishment: el PSDB, cuyo candidato Geraldo Alckmin no llegó al 5%, y el MDB de Temer que postuló a Henrique Meirelles y obtuvo un magro 1,2%.

Pero este proceso tuvo como condimento central una fuerte campaña de satanización mediática y judicial contra el PT, que permitió asociar la epidemia de corrupción unilateralmente a esa fuerza política y justificar socialmente la irregular prisión y proscripción de Lula.

En ese marco emerge este ignoto ex militar desbocado que logra capitalizar la implosión de los partidos de derecha y centro-derecha, la consolidación de ese fuerte sentimiento anti-PT y la aguda crisis económica que potenció el hastío. Como la política aborrece el vacío, Bolsonaro aparece como el candidato antisistema –pese a que hace 28 años ejerce como diputado- que promete resolver esta crisis multidimensional a fuerza de mano dura y prédica mesiánica. Y de ser un legislador marginal, que ganó fama cuando juró por el militar que torturó a Dilma, se convirtió en el efecto más siniestro de esta democracia agonizante.

El fundamentalismo religioso

No se pueden entender esos 50 millones de votos sin la militancia activa que desplegó la poderosa Iglesia Universal del Reino de Dios. La fuerza evangélica neopentecostal -que juega cada vez más en el terreno político en toda la región- ataca en tres frentes simultáneos: en el Congreso, donde “la bancada de la Biblia” controla la quinta parte de la Cámara de Diputados; en la prensa masiva con su multimedio Record, el segundo del país achicándole distancias a la Rede Globo; y en las barriadas populares, donde tiene una penetración territorial que no logra ningún partido.

Quizá parte del ascenso abrupto de Bolsonaro se explique por el despliegue de miles de pastores haciendo campaña furiosa por el ex militar en los días previos a la votación.

Las otras tres patas de la mesa

Otro factor clave en la construcción de consenso alrededor de Bolsonaro fueron los grandes medios, que terminaron aceptando al mal menor ante la irreversible polarización con el PT y el fracaso de los candidatos del orden. Las fake news antipetistas se multiplicaron en las últimas semanas e hicieron estragos en las redes sociales. Algo similar pasó con el poder empresarial y financiero, que también cerró filas con Bolsonaro. No es para menos: su gurú económico es Paulo Guedes, un Chicago boy que asegura un rumbo ultraliberal.

Por último, el creciente poderío del llamado “Partido Militar”, que este domingo cuadruplicó su presencia al ritmo de la debacle de la política tradicional. Además de Bolsonaro y su compañero de fórmula, el inefable general Hamilton Mourão, al menos 70 candidatos militares fueron electos y tres disputarán gobernaciones estadales en segunda vuelta.

Los límites del progresismo

También al PT se merece reflexionar sobre su responsabilidad en la despolitización de la sociedad brasileña y en la creación del Frankenstein Bolsonaro. Durante 12 años faltó audacia para avanzar en transformaciones raizales, como hubiera sido la tan reclamada reforma política o una ley que limitara la concentración mediática. Y sobre todo, no se profundizó en el empoderamiento popular y la formación político-ideológica, facilitando el terreno para la diseminación de valores retrógrados y autoritarios.

Y una vez fuera del Palacio de Planalto, el progresismo brasileño se conformó en dar la pelea casi exclusivamente en el andamiaje institucional. Salvo la gimnasia de movilización permanente de los movimientos populares, la estrategia petista quedó atrapada en la telaraña de un sistema democrático controlado por el golpista entramado mediático, religioso, militar y financiero.

Tal vez en la respuesta callejera de las mujeres brasileñas y su poderosa consigna #EleNão se puedan encontrar algunas pistas de cómo enfrentar a los profetas del odio y su monstruo Bolsonaro.


Gerardo Szalkowicz, Periodista. Editor de Nodal. Colabora en diversos medios como Tiempo Argentino, TeleSUR, Rebelión, ALAI y otros. Conduce el programa radial “Al sur del Río Bravo” por Radionauta FM. Coordinador, junto a Pablo Solana, del libro “América Latina. Huellas y retos del ciclo progresista”.