miércoles, 28 de mayo de 2025
lunes, 5 de agosto de 2024
EL DOBLE LINCHAMIENTO DEL PERIODISTA PABLO GONZÁLEZ
Hace unos días se producía un importante canje de presos en Turquía entre occidente (EEUU y sus adláteres) y Rusia. Felizmente, en este canje fue liberado el periodista hispano-ruso Pablo González, por el que muchos nos habíamos interesado y sobre el cual habíamos difundido información en internet. Pablo había estado preso en una cárcel polaca en condiciones muy duras durante más de dos años.
Dejando a un lado lo feliz del acontecimiento, habría que sacar ciertas conclusiones que no dejan en muy buen lugar a la clase periodística de este país. Para empezar, en general el periodismo español lejos de apoyar a su colega durante estos más de dos años lo ha condenado con su silencio cómplice o incluso dando por buena la versión del gobierno polaco de que Pablo era un espía ruso. Y ello a pesar de que en todo ese tiempo el gobierno de Polonia, uno de los países más glorificadores del fascismo de la UE, no ha presentado ni una sola prueba que justificara su cautiverio. Sin embargo, la clase periodística española removió cielo y tierra para pedir la excarcelación de Navalny, que ni era español ni periodista y que estaba demostrado que recibió dinero (hay un video que lo prueba) del servicio secreto británico por traicionar a su país. Además, estaba involucrado en organizaciones racistas (hay otro video en el que el interfecto llama "cucarachas" a los musulmanes) y fascistas que se dedicaban a cometer atentados con bomba, como el que costó la vida precisamente a un periodista de guerra ruso, Vladem Tatarsky. El asesinato de Tatarsky, por cierto, fue justificado de manera velada por el corresponsal español en Rusia Ricardo Marquina en las redes sociales. Al parecer, en los medios patrios hay algo que pesa más que el corporativismo: la sumisión al amo norteamericano. Es curioso: allá por 1999, durante el bombardeo de la OTAN sobre Serbia, el periodista vasco Jon Sistiaga fue apresado por las autoridades serbias cuando intentaba grabar un documental fake en el que pretendía comparar a los serbios (un pueblo con una sólida tradición antifascista) con los nazis; entonces sus compañeros de profesión pusieron el grito en el cielo. Llegaron a decir que los serbios lo habían torturado, e incluso asesinado, pero cuando Sistiaga apareció a las pocas horas de su detención y aseguró que lo más cerca del peligro que había estado fue cuando caían las bombas de su amiga la OTAN se vio de qué pasta estaba hecho el plumífero patrio. De una que mezcla la cobardía y el servilismo al poder.
Poco importa si Pablo González es un espía o no. El coronel Pedro Baños, conocido analista y youtuber, ha dicho más de una vez en público que él sabe de muy buena tinta (nunca mejor dicho en este caso) que hay muchos periodistas de primera fila en España que trabajan para la OTAN y los servicios secretos angloamericanos. Tenemos a gente como Xavier Colás o Carlos Franganillo que se han dedicado a asegurar que Pablo González es un espía del Kremlin mientras escriben crónicas que lavan el cerebro de la audiencia a favor del régimen del Maidán o a favor de la violenta oposición rusa (como esos que ametrallan a civiles en salas de fiestas o escuelas supuestamente en nombre de Alá). Con el proceder de tales individuos cualquiera podría sospechar que son parte de esos agentes de la OTAN, la CIA o el MI6 que menciona el coronel Baños. Sin embargo, solo son eso: sospechas. Como las que tienen ellos contra Pablo González, ya que si hubiera habido pruebas contundentes durante estos dos últimos años Polonia no habría dudado en hacerlas públicas. Por tanto, lo que molesta de Pablo no es que pueda ser un espía, sino que sea un espía ruso. Y es que en nuestra “plural” democracia informativa no puede ocurrir que haya un periodista que tenga puntos de vista cercanos a Rusia. En Rusia, a pesar de las restricciones informativas a causa de la guerra, hay diarios y periodistas liberales que ponen a caldo a Putin y quieren volver a los fríos y oscuros tiempos de la Perestroika, cuando los oligarcas vendían la patria a trozos a las multinacionales occidentales. Pero aquí no puede haber periodistas ni medios pro rusos. Nuestra censura, no es censura: es lucha contra la desinformación rusa. Al fin y al cabo, como señaló Borrell, nosotros somos el jardín, y Rusia es la selva, ergo, demos gracias a nuestros amos por estar librándonos de la “barbarie no occidental”.
En conclusión, Pablo González ha sufrido un doble linchamiento. El primero tuvo lugar cuando el gobierno español no movió ni un dedo por evitar que Polonia lo mantuviera encarcelado durante más de dos años sin presentar pruebas. Y el segundo, cuando sus compañeros de profesión, lejos de solidarizarse, se dedicaron a arrojar mierda contra su persona para que no saliera del Guantánamo europeo que es una cárcel de alta seguridad polaca.
sábado, 3 de agosto de 2024
ABOGADO DE PABLO GONZÁLEZ: ESPAÑA NO AYUDÓ EN LIBERACIÓN
Actualidad RT / La Haine, 02/08/2024
En el marco del canje histórico entre Rusia y Occidente, fue liberado el periodista vasco-ruso. Sin embargo, Gonzalo Boye, abogado del periodista español Pablo González, al confirmar a RT su liberación, aclaró que España no tuvo ningún papel en la excarcelación.
Boye indicó que fue un intercambio de periodista por periodista y se sorprendió de que Madrid estuviese al tanto de la excarcelación, a pesar de que se trata de un ciudadano español que debería contar con protección consular.
"No sé cómo se han enterado ni cuándo se han enterado las autoridades españolas de que Pablo sería liberado. A nosotros en ningún momento las autoridades [se] nos han aproximado. Se habrán enterado por la prensa o en el último momento", apuntó.
Rol de España
Por el contrario, denunció que "España ha participado en este procedimiento enviando informes de inteligencia en contra de Pablo y en contra de su abogado". Un escenario que "deja en muy mal lugar a las autoridades españolas", agregó.
Aunque era de esperarse, dada la sumisión del gobierno a las órdenes de la OTAN y, en concreto, de EEUU, y siendo además Pablo González un periodista que no se sometía a los lineamientos de la UE al informar sobre la guerra de la OTAN contra Rusia en Ucrania.
El letrado expresó que González "ha aguantado" un aislamiento riguroso, pero "ahora hay que ver las secuelas" que le ha dejado el encarcelamiento ilegítimo. Durante su estada en prisión solo tuvo contacto con abogados.
"Pablo tiene que recuperar su vida, recuperar su trabajo, el tiempo con su familia", manifestó Boye en un contacto telefónico. "Esta ha sido una prisión dura, una prisión larga", señaló.
Vinculado con Rusia
En febrero de 2022, González estaba realizando su trabajo de fotoperiodista en Polonia, cerca de la frontera con Ucrania, cuando fue detenido por las autoridades del régimen polaco, acusado de espionaje en favor del Kremlin, sin que la Justicia polaca ofreciese ningún detalle o prueba sobre esas presuntas labores.
El único argumento que se ha conocido para sustentar la acusación tenía que ver con la documentación que portaba el periodista. González tiene doble nacionalidad, rusa y española, otorgada por el origen de sus padres, por lo que portaba documentos en regla de ambos países.
"[Los periodistas] tienen poca protección y cuando caen en algún país occidental víctima de algún entramado, evidentemente no tienen ninguna", aseveró Boye.
"¿Qué ha hecho España en 2 años y cinco meses? No lo sé": Esposa de Pablo González habla tras su liberación
Oihana Goiriena, esposa del periodista hispano-ruso Pablo González, concedió una entrevista a RT después de que su marido fuese liberado este jueves, en el marco del histórico canje de prisioneros entre Rusia y Occidente.
Goiriena detalló que todavía no ha conseguido hablar con su esposo. "Se ve que las primeras horas son de revisiones médicas (...) Cuando acabe esa fase protocolaria, ya llamará para explicarnos cómo está después de haber pasado dos años y cinco meses en aislamiento, durante 23 horas (diarias) en una celda, sin hablar con su familia", dijo.
La esposa del periodista aseveró que las autoridades españolas no han intervenido en la liberación de González. "No tengo constancia de nada. Yo, desde el Ministerio de Asuntos de Exteriores de España, no he recibido en estos dos años y cinco meses ni una llamada de teléfono. ¿Qué han hecho? No lo sé", comentó.
Y continuó: "Sé que hasta ahora lo que han estado haciendo es vulnerar la presunción de inocencia diciendo que los cargos que había contra él eran graves y que las pruebas eran irrefutables, cuando no ha habido ni cargos ni pruebas".
Goiriena añadió que España "no ha hecho nada siquiera para desbloquear la situación" o para que "se fijara una fecha de juicio". "No han presionado al Gobierno de Polonia para que fijara fecha", subrayó.
"Y lo que no han hecho tampoco ha sido velar por el respeto de sus derechos básicos como, por ejemplo, el derecho a la vida familiar y a la comunicación directa con la familia", lamentó Goiriena, quien recordó que durante todo este tiempo ni ella ni sus hijos han podido hablar con González.
El intercambio
Además de González, como parte del intercambio, también regresaron a su patria otros siete ciudadanos rusos y dos menores de edad.
Previamente, Gonzalo Boye, abogado del reportero, detalló que este había sido intercambiado "por un periodista estadounidense" y enviado "a su país de nacimiento", Rusia.
Moscú demostró "un interés real en buscar una solución a esta situación, mientras que otros se han centrado principalmente en criminalizar a Pablo González en lugar de defenderle y proteger sus derechos como periodista", indicó el letrado y aclaró que España no tuvo ningún papel en la excarcelación.
martes, 13 de diciembre de 2022
LO QUE NO SE DICE DE LA GUERRA DE UCRANIA
Teresa Aranguren
Público, 12/12/2022
Pablo González va a cumplir diez meses encarcelado en Polonia en régimen de casi total aislamiento, sin comunicación telefónica ni visitas de su familia excepto la que su mujer, Oihana, pudo realizar recientemente, nueve meses después de la detención de su marido, pero no hay ninguna garantía de que las autoridades polacas vayan a autorizar una nueva visita ni a suavizar las condiciones de su encarcelamiento. Dice su mujer, Oihana, que durante su visita le encontró bien de ánimo, pero muy delgado y muy pálido. Ha adelgazado 20 kilos y apenas ve la luz del sol. Pasa en aislamiento 23 horas al día, tiene una hora para salir al patio, solo, sin hablar con nadie. Una forma de tortura.
Escribo esto consciente de que la mayoría de la población española no sabe quién es Pablo González ni lo que le está pasando, no sabe nada del proceso kafkiano, nunca mejor empleado el término, en el que un compatriota nuestro, como el Josef K de la obra del autor checo, se ha visto atrapado. Por eso vuelvo a escribir sobre Pablo González porque lo que no se dice deja de existir y eso es lo que la estrategia del silencio pretende, lo que no se dice, lo que no se muestra, lo que no sale en los grandes medios no existe o, si llega a existir, cae fácilmente en el olvido. Por eso hay que recordar una y otra vez el atropello del que un periodista español encarcelado en Polonia está siendo víctima y combatir el silencio cómplice que, excepto honrosas excepciones como la de este medio en el que escribo, rodea su caso. Y porque hay que defender el ejercicio del periodismo o ¿acaso el derecho ciudadano a la información y su consecuencia más directa la libertad de prensa han dejado de ser importantes en Europa?.
A Pablo González le acusan de ser un espía de los servicios de información rusos, pero aún no se han aportado pruebas y parece que no las tienen pese a que diez meses es tiempo de sobra para conseguirlas o ¿quizás elaborarlas? Hasta el momento lo que ha trascendido es que la fiscalía polaca sustenta sus sospechas en el hecho de que Pablo González tiene dos pasaportes, uno español en el que figura con el apellido de la madre y otro con su nombre ruso y el apellido del padre, Pavel Rubtsov, porque Pablo o Pavel es nieto de "un niño de la guerra", es decir, de uno de aquellos hijos de republicanos españoles que fueron enviados a la Unión Soviética para escapar del horror de la guerra y la previsible represión de las tropas franquistas cuando ya la derrota de La República parecía inevitable. Pablo González nació en Moscú y vivió allí hasta la separación de sus padres, cuando con 12 años decidió venir con su madre a España. Por eso tiene la doble nacionalidad española y rusa y por eso habla ruso perfectamente. El otro argumento de la policía polaca, los 350 euros que Pablo recibe regularmente desde Rusia- un pago muy barato para un espía- es la asignación que su padre que vive en Moscú y tiene alguna propiedad en alquiler, les envía a él y a su hermana que reside en Australia, como ayuda familiar.
Todos estos argumentos de la acusación se aclararon tan fácil como rápidamente, pero Pablo González está a punto de cumplir un año en prisión "a la espera de juicio". Y hay que preguntarse a qué está esperando la fiscalía polaca. ¿A que de pronto, misteriosamente, les llegue alguna prueba? ¿Al visto bueno de alguna instancia superior? ¿A que termine la guerra? Creo que el caso de Pablo González forma parte de aquello que de lo que no se debe hablar porque no deja en buen lugar al bando de los buenos en esta guerra. Polonia no solo es miembro de la Unión Europea y de la OTAN sino que en estos momentos representa la vanguardia de la organización atlántica frente a Rusia y las dudas, incluidas denuncias, que su sistema judicial suscitaba en Europa no hace mucho, ahora han dejado de importar.
Hace apenas dos semanas, cuando un misil de fabricación soviética cayó en territorio polaco, la guerra de Ucrania estuvo en un tris de convertirse en guerra de la OTAN contra Rusia es decir en una tercera guerra mundial en suelo europeo. Polonia solicitó la activación inmediata del artículo 4 de la organización atlántica y la reunión urgente de sus miembros para "debatir una respuesta adecuada" mientras el presidente ucraniano Volodimir Zelenski clamaba "es un ataque de Rusia contra la seguridad colectiva que requiere una respuesta contundente", por su parte el ministerio de defensa ruso lo negó tajantemente y lo calificó de "provocación deliberada". La mayoría de los dirigentes europeos se mantuvieron sorprendentemente prudentes en sus declaraciones e imagino que muchos contuvieron el aliento durante esas horas en las que el fantasma de una tercera gran guerra recorrió Europa.
Fue Estados Unidos, cómo no, quien despejó las dudas, si es que alguna vez las hubo, sobre la autoría no ya del ataque sino del impacto del misil en territorio polaco y con ello alejó el peligro de una confrontación directa con Rusia. "Hay información preliminar que rebate que el misil fuera ruso", había dicho Joe Biden, durante la cumbre del G7, contradiciendo a Zelenski que continuaba afirmando que se trataba de un ataque ruso. Era la primera vez que el presidente estadounidense no respaldaba los posicionamientos de Zelenski. Finalmente, la cuestión quedó zanjada: no era un misil ruso sino de la defensa antiaérea ucraniana, no era un ataque sino un accidente y sobre todo no era algo que dijesen los rusos sino los estadounidenses de modo que hasta el presidente Zelenski muy a regañadientes se vio forzado a admitirlo.
Ha sido una crisis breve pero muy esclarecedora. Ha puesto en evidencia que el riesgo de una tercera guerra mundial es más alto de lo que pensamos o queremos pensar y puede llegar a ser la etapa final de la actual guerra de Ucrania. También que Europa parece haber renunciado a tener voz propia sin saber antes la opinión de Estados Unidos incluso cuando está en juego algo tan "propio" como una nueva conflagración mundial en su territorio. Hay que tener cuidado con la información cuando esta se pone al servicio de un supuesto compromiso ético con el bando bueno de esta guerra porque nos puede llevar a terrenos demasiado peligrosos. Tengo el convencimiento de que si no hubiera existido el riesgo de una confrontación directa con Rusia es decir de una tercera guerra mundial con armas nucleares de por medio y en consecuencia el rápido desmentido de los estadounidenses, el misil causante de esta breve pero significativa crisis seguiría siendo para la opinión pública occidental, un misil lanzado por los rusos y el presunto accidente sería un ataque por supuesto ruso. No sería la primera vez que se da por bueno lo que se sabe que no es cierto porque quien lo dice es de los nuestros.
No indagar, no nombrar, no decir lo que no conviene decir; no decir, por ejemplo, "atentado terrorista" sino simplemente atentado cuando la víctima es Daría Dugina, hija del filósofo ruso Alekxander Dugin, un modesto intelectual imbuido de la mística nacionalista eslava pero, según medios occidentales, ideólogo del Kremlin lo que sugiere un cierto "se lo tenía merecido" ya que el coche bomba estaba dirigido a él. El caso es que ningún mandatario europeo se dignó condenar aquel atentado terrorista llevado a cabo presuntamente por los servicios secretos ucranianos. También en cuestión de terrorismo hay clases.
La información referente a la guerra de Ucrania está marcada no solo por lo que se cuenta sino por lo que no se cuenta o se cuenta de manera lo suficientemente ambigua para que no se entienda. La autoría de los bombardeos en los alrededores de la central nuclear de Zaporiya nunca se nombra explícitamente lo que permite suponer que son bombardeos rusos, algo un tanto extraño si se piensa que desde el comienzo de la invasión la central de Zaporiya está bajo control del ejército ruso. Pero, ¿quién se para a pensar o a relacionar datos cuando escucha una noticia?
El informe de Amnistía Internacional en el que daba cuenta de atrocidades cometidas por el ejército ruso pero también las cometidas por las fuerzas ucranianas tuvo que ser retirado de inmediato tras la airada protesta del presidente Zelenski que llegó a acusar a la ONG de "hacer el trabajo a los rusos". El informe ya no es localizable en la red. No sabemos cómo está la ciudad de Mariupol desde que quedó bajo control ruso o cómo se encuentran los refugiados ucranianos que huyeron o fueron desplazados hacia territorio ruso cuya cifra, 2´8 millones, es mayor que la de los que hay en Polonia y Alemania juntas. Al parecer no son temas de interés mediático. Forman parte de aquello de lo que es mejor no hablar porque quizás no cuadra bien con la única visión aceptada de lo que está ocurriendo en esta guerra.
Cuando en la Unión Europea, espacio en el que se supone que la libertad de expresión es un derecho fundamental de la ciudadanía, se normaliza la prohibición de difusión de RT y otros medios rusos calificados de portavoces del Kremlin, cuando las voces discrepantes con respecto a la información de esta guerra van desapareciendo de las tertulias televisivas y de los foros de opinión más o menos establecidos, deberíamos preocuparnos porque el derecho a la información está siendo sustituido por una entusiasta unanimidad en la que todo matiz es sospechoso y toda discrepancia signo de hostilidad.
Se me dirá que estamos en guerra y ya se sabe que en la guerra la verdad no importa. Pero no es cierto, quien lo dice no sabe lo que es una guerra o simplemente engaña. No caen misiles en Madrid o en París y la celeridad con la que se ha resuelto la crisis del misil que impactó en territorio polaco es buena prueba de que los dirigentes occidentales con Estados Unidos a la cabeza no quieren entrar en guerra directa con Rusia. Que la guerra de Ucrania siga sí, pero que no salga del espacio acotado en el que los muertos son solo ucranianos y rusos.
En la Unión Europea no estamos en guerra, pero actuamos como si lo estuviéramos. La guerra como excusa para suspender derechos y libertades. Pablo González periodista, ciudadano español y de la Unión Europea, es un claro ejemplo de ello. Todos sus derechos como ser humano y como profesional del periodismo están siendo vulnerados en un país de la Unión Europea con el consentimiento del resto. Y no pasa nada. Quizás Pablo González sea tan solo un daño colateral de esta guerra que otros libran.




