lunes, 7 de noviembre de 2011

LA PROPAGANDA DE GUERRA. Parte I: Orígenes y evolución

Por Óscar Curros y Nuno Leite
www.ati.es

Introducción

La comunicación persuasiva es inherente a la propia evolución del ser humano. Desde siempre estuvo presente en las sociedades, en diversas formas, con la intención de transmitir ideologías u opiniones con objetivos claros y determinados. La aparición de religiones y sociedades organizadas favoreció la proliferación de las primeras formas de propaganda.

El objeto de estudio de esta investigación pretende centrarse en la propaganda de guerra, un tipo de comunicación persuasiva altamente especializada, que penetra en todo tipo de medios. Los propagandistas bélicos siempre usaron los últimos avances tecnológicos en comunicación para optimizar su capacidad persuasiva. Así, el principal vehículo propagandístico durante la Primera Guerra Mundial fue la prensa escrita; durante la Segunda Guerra Mundial, la radio y el cine; tras 1945, la televisión; y en la actualidad los medios digitales.

1. Viejas lecciones para pensar el presente

Existen diversas corrientes de pensamiento e investigación sobre la propaganda. Para abordar este concepto, es preciso tener en cuenta su significado. Propaganda es “el acto o efecto de propagar o difundir una idea, opinión o doctrina”. En latín antiguo, propaganda significaba “cosas para propagar”.


En sus orígenes, la propaganda fue desarrollada por la Iglesia Católica. La palabra propaganda surgió en la época de la Restauración. La Iglesia Católica atravesaba una fase de lucha para mantener y expandir sus ideales en países no católicos. El papa Gregorio XIII formó una comisión de cardenales con el objetivo de propagar el Catolicismo y regular los asuntos eclesiásticos en tierras que no abrazaban el cristianismo. Más tarde, en 1622, el Papa Gregorio XV fundó la Santa Congregatio de Propaganda Fide, una organización más estructurada, que consistía en un comité de cardenales que supervisaba la propagación del Cristianismo por parte de los misioneros enviados a países no cristianos.

Pero fue solamente en la Primera Guerra Mundial (1914-18) cuando la propaganda comenzó a expandirse hacia el mundo político y filosófico, con una organización más específica. A pesar de que su connotación actual es casi siempre peyorativa, en aquella época era considerada incluso un concepto progresista. Los métodos usados entonces para su transmisión fueron diversos, pasando por la palabra escrita y oral, imagen o acción, entre otros.

La propaganda se puede clasificar dependiendo de quién es el emisor. La propaganda blanca es originaria de una fuente abierta e identificada, y su contenido es preciso. La propaganda negra pretende demostrar que su origen es amigable, pero en realidad es adversaria. Existe, además, la propaganda gris, que se presenta como neutral, pero viene de un adversario y transmite información falsa.

Existen diversas definiciones que de algún modo intentan clarificar el significado de este tipo de acción persuasiva. Lasswell ve la propaganda como la “técnica para influenciar la acción humana, a través de la manipulación de representaciones”. A su vez, Reyzábal cree que el concepto de propaganda está “íntimamente ligado con la acción de divulgar doctrinas e ideologías para conseguir adeptos a las mismas”.

Respecto a los efectos de la propaganda, para Welch ésta tuvo un papel esencial, y no siempre deshonroso, en la conducción de muchos asuntos y materias en el siglo veinte. Por su parte, Pratkanis y Aronson (1992) creen que “todos los días somos bombardeados con una comunicación persuasiva seguida de otra”. Según estos autores, vivimos en una “era de la propaganda”, en la cual la continua recepción de mensajes propagandísticos provoca pasividad en los hombres, facilitando de esta forma la manipulación de símbolos y de las emociones humanas más básicas.

1.1. La propaganda de guerra


La propaganda de guerra contemporánea se desarrolló a partir de la Primera Guerra Mundial. Con ella, comenzaron a realizarse las primeras investigaciones sobre técnicas propagandísticas.

Pero, en realidad, las técnicas de propaganda bélica nacieron con los propios conflictos armados. A lo largo de toda la historia bélica siempre fueron usados métodos de engrandecimiento de las fuerzas y de diseminación de información no verdadera. Estos métodos tenían como objetivos principales mantener la confianza de las tropas propias e intimidar a las fuerzas opositoras.

La propaganda de guerra tiene un aspecto particular, por el que es denominada usualmente “Psychological Warfare” o “Guerra psicológica”, un concepto nacido en Estados Unidos. Así, la propaganda de guerra es definida por Daugherty como “el uso planificado de propaganda y otras acciones orientadas a generar opiniones, emociones, actitudes y comportamientos en grupos extranjeros, enemigos, neutrales y amigos, de tal modo que apoyen el cumplimiento de fines y objetivos nacionales”.

La propaganda de guerra generalmente está apoyada en información falsa y disimuladora, ya que uno de los propósitos de este tipo de comunicación persuasiva es evitar que los ciudadanos conozcan la verdad. Pero en ocasiones, los propagandistas no necesitan recurrir a la mentira, sino que utilizan un lenguaje cuidado, rico en eufemismos. Se recurre a esta técnica porque los líderes de una organización son conscientes de que una comunicación dominada por tan sólo una parte facilita el descrédito del adversario. La propaganda de guerra lleva a la población de un país a sentir que el enemigo sólo comete injusticias y esto puede conseguirse con pura ficción. La propaganda tiene una gran responsabilidad en los conflictos, pues no es sólo la supremacía militar la que gana una guerra. Cuando la propaganda es transmitida eficazmente, puede volverse más peligrosa que el propio armamento bélico. Ramonet vincula estas dos estrategias: “el dominio de corazones y mentes es la continuación de la propia guerra”.

2. Primera Guerra Mundial: el descubrimiento del poder propagandístico

En la Primera Guerra Mundial se descubrió que la moral era un factor militar muy importante, y así se entendió que la opinión pública no podía ser ignorada durante más tiempo, ya que era un factor determinante para la formación de la política gubernamental.


Tanto los británicos como los alemanes trabajaron arduamente para conseguir dominar la opinión pública de los americanos. Inicialmente, fue desarrollado por los propagandistas alemanes un plan que consistía en sensibilizar a los americanos de descendencia alemana y también a los irlandeses, pues conocían bien su aversión a los británicos. Esta maniobra no tuvo éxito. Por el contrario, la propaganda británica demostró ser más funcional. Esta comenzó con la creación del Ministerio de Información, en 1917, bajo la responsabilidad de Lord Beaverbrook. La censura reinó y todas las campañas propagandísticas eran rigurosamente controladas para que apenas fuese divulgada la “información oficial”.

Poco después de su entrada en la Primera Guerra Mundial, los estadounidenses crearon igualmente su agencia de propaganda, el Comité para la Opinión Pública, que se reveló de máxima eficacia, sobre todo en lo relacionado con lo que ellos denominaban “los ideales de libertad”.

Los británicos aprovecharon la propaganda como una forma de diseminación de información a su favor, pero al final de la guerra los ciudadanos se quedaron con una imagen muy negativa de la propaganda. Concluirían que los sacrificios hechos no fueron recompensados con las promesas magnánimas del Ministerio de la Información, y como resultado el cargo de ministro de Información fue suprimido.

Como consecuencia del descrédito de la propaganda, cuando en la Segunda Guerra Mundial el gobierno británico intentó sensibilizar a la población sobre la existencia de campos de concentración nazis, esta información no fue tenida en cuenta, porque el público sospechó que era una campaña propagandística más.

Los alemanes, en la Primera Guerra Mundial, fueron derrotados más en el terreno sicológico que propiamente en el campo de batalla. Hitler reconoció la funcionalidad de la propaganda británica, escribiendo en Mein Kampf: “En el año 1915, el enemigo comenzó su propaganda entre nuestros soldados. A partir de 1916 continuó más intensivamente, y en el inicio de 1918 se transformó en una nube negra. Uno puede ver ahora los efectos de la seducción gradual. Nuestros soldados aprendieron a pensar como el enemigo pretendía. Alemania falló en reconocer la propaganda como un arma de primera utilidad, donde los ingleses la utilizaron con gran pericia y genial deliberación” . Al final, la primera experiencia de los británicos con la propaganda fue entendida como un gran éxito y dio ejemplo para que otros países empezasen a usar las técnicas contemporáneas de comunicación persuasiva.

2.1. Los primeros estudios e investigaciones.

Durante el período de Entreguerras, se desarrollaron profundos estudios sobre la cuestión propagandística. Muchos de los grandes expertos y autores reflexionaron sobre ella, en lo que más tarde vendría a transformarse en la teoría de la propaganda. Comenzaron igualmente estudios relacionados con la opinión pública y la influencia de los medios de comunicación masivos en la sociedad.

Lazarsfeld (1940) desarrolló un memorando, Research in Comunication, que cambió, de cierta forma, el modo en que se comprendía la evolución comunicativa hasta el presente momento. La cuestión central del estudio de Lazarsfeld puede enunciarse como una pregunta: “¿quien dice qué a quién y con qué efecto?”. A partir de esta investigación, se llegó a la conclusión de que los efectos de la comunicación en la sociedad eran mucho más profundos y poderosos de lo que se había pensado hasta el momento.

Fueron tres los principales modelos en que se fundamentaron casi todos los movimientos propagandísticos: el occidental o anglosajón, el más elaborado pero con resultados menos funcionales; el soviético, que ganó su perfil con el desarrollo de la propaganda leninista; y el de las dictaduras fascistas.

Cuando se llega a la Segunda Guerra Mundial, los estudios elaborados en las últimas décadas y los nuevos medios, como la radio y cine, permitieron que se pusiese en marcha de ambos bandos una máquina de propaganda nunca vista hasta el presente. Uno de los mejores ejemplos fue la desarrollada por la Alemania nazi.

2.2. Segunda Guerra Mundial: el apogeo de la propaganda de guerra

En la Segunda Guerra Mundial se asistió a un uso continuado de la propaganda como un arma poderosa. Tras el fracaso alemán en entender la propaganda como un aliado esencial, Hitler se preocupó por crear un cargo en su gobierno exclusivamente dedicado a la propaganda del partido. Paul Joseph Goebbels, figura intelectual, doctorado en Filosofía en Heidelberg en 1921, fue el escogido. En 1929, sería el jefe de la propaganda del partido y desde 1933 a 1945, Ministro de Propaganda del régimen nazi.


Joseph Goebbels


Una de las medidas iniciadas de inmediato por el ministro fue el absoluto control de todos los periodistas, escritores, artistas y medios de comunicación, para que se registrasen como subordinados y apenas publicasen información debidamente autorizada.


Comparada con los regímenes soviético y fascista, la propaganda nazi no formaba parte de un todo, sino que era en sí misma el todo. El füher se reunía casi diariamente con Goebbels para enterarse de las novedades y transmitir su opinión personal. El esquema de proliferación de información falsa en el régimen nazi pasó a la Historia como “la gran mentira”.

La propaganda hitleriana se centraba en un tipo de mensaje emocional que se dirigía, sobre todo, a un público poco educado políticamente, susceptible de interiorizar la emoción y no la racionalidad. A su salida de la cárcel, Hitler aprovechó la prohibición de hablar en público en Alemania para llevar a cabo su primera gran campaña de propaganda, basada en la idea de que entre los 2000.000.000 de habitantes de la Tierra, sólo él no podía hablar en Alemania. Los discursos de Hitler eran preparados con detalle. El füher estudiaba sus textos minuciosamente, pues leía mal en voz alta. Empezaba con palabras relajadas, comunicando de una forma monótona, hasta un punto en que su voz subía de tono acompañada por fuertes gestos de su brazo derecho.

Destacan también los aspectos más importantes de la escenografía nazi: los grandes desfiles al aire libre, largos mítines políticos en locales cubiertos, las canciones, los saludos (“Sieg Heil”), las antorchas, la profusión de banderas y estandartes o el desfile de las fuerzas paramilitares, entre otros.

Antes de cualquier movimiento militar, la máquina propagandística alemana era puesta en marcha. Como ejemplo, antes de que Checoslovaquia fuese invadida se transmitió a través de la radio el mensaje de que las minorías alemanas estaban siendo perseguidas en aquel país. Los hechos se fabricaban para que los actos de invasión pudiesen ser justificados. Con Francia se hizo algo semejante: los agentes alemanes distribuirían propaganda que anunciaba los primeros indicios de la derrota francesa. Esto tipo de acciones crearon divisiones políticas, insatisfacción, miedo de la superioridad bélica alemana, hasta mayo de 1940, fecha en la que la resistencia francesa entró en colapso y las tropas de Adolph Hitler marcharon en París.

Una vez más, tanto los propagandistas alemanes como los británicos intentaron llegar a la opinión pública americana. Alemania se hizo pasar por defensora de los asuntos mundiales, justificando que la guerra era también una lucha contra el “terror rojo”: el comunismo. Aún realizaron algunos movimientos que intentaron el aislamiento de los estadounidenses en la guerra. Todo el esfuerzo se reveló inútil, sobre todo después del ataque japonés en Pearl Harbor. Los Estados Unidos entraron en la guerra e hicieron de los ingleses sus aliados. Los americanos crearon entonces dos agencias oficiales de propaganda: la OWI (Office of War Information) y la OSS (Office of Strategic Service). La OWI se encargaba de distribuir información en territorio americano y extranjero. La OSS, por su parte, estaba encargada de conducir la “guerra psicológica” contra el enemigo.

3. La propaganda en la Guerra Fría

Debido a un conflicto de intereses que venía ya de la Segunda Guerra Mundial, durante el período de la Guerra Fría los Estados Unidos y la Unión Soviética continuaron haciendo un uso masivo de la propaganda como un instrumento de política nacional. Ambas partes, el bloque comunista y el bloque capitalista, hicieron todo lo posible para conseguir difundir sus campañas a través de los medios de comunicación de masas, sin para tal recurrir al conflicto armado. Casi todos los aspectos de la vida cotidiana fueron usados con propósitos propagandísticos. Todos los medios de comunicación, destacadamente la radio, la televisión, el cine y la literatura, fueron usados para influenciar sobre sus propios ciudadanos, sobre los del bloque opuesto y también sobre las naciones del Tercer Mundo.




Inicialmente los comunistas destacaron en su labor propagandística, debido al mayor control que tenían en sus medios de comunicación. Esto les permitía el distanciamiento de las ideologías occidentales. El nivel de centralización del poder también funcionaba como una herramienta para propagar mejor la comunicación persuasiva. Los regímenes comunistas se ayudaban mutuamente para hacer funcionar sus planes políticos y sus ambiciones. Por otro lado, los gobiernos occidentales nada podían hacer para prevenir la entrada de propaganda comunista. Esta aparente supremacía se empezó a degradar a comienzos de los años 80, con el desarrollo de la tecnología en la comunicación. Fue este descontrol el que causó la desintegración de muchos de los bloques comunistas de la Europa del Este al final de la década.

La Agencia de Información Estadounidense (USIA) operaba la Voice of America como la radio oficial del gobierno. Las radios Free Europe y Liberty, en parte financiadas por la Central Intelligence Agency (CIA), tenían a su cargo la difusión de propaganda gris, en formato noticioso y de entretenimiento, para la Europa del Este y para la Unión Soviética respectivamente. La Unión Soviética tenía del mismo modo la radio oficial del gobierno, la Radio Moscovo, que difundía propaganda blanca, y también las radios Peace y Freedom emitían la propaganda gris. A pesar de que estos dos tipos de propaganda eran los dominantes, en periodos de mayor tensión ambas partes hacían uso de propaganda negra.

Uno de los autores más visionarios de la Guerra Fría fue George Orwell, quien en sus obras Animal Farm y 1984 ejemplifica de manera magistral el uso de la propaganda. Aunque no fueron publicados en la Unión Soviética, sus personajes vivían en regímenes autocráticos en los que su lenguaje era cambiado para servir propósitos políticos. Las dos obras fueron usadas para fines propagandísticos explícitos. Sirva como ejemplo el hecho de que la CIA comisionase secretamente una versión animada de Animal Farm en los años 50.

Durante la Guerra Fría, el mundo vivió en permanente amenaza de sufrir una Tercera Guerra Mundial, en la cual difícilmente existiría un vencedor. La propaganda fue una de las responsables de agudizar el conflicto, aunque probablemente también tuvo un gran peso en lo referente a “congelar” el armamento bélico y priorizar la “guerra de palabras”.

4. La propaganda de guerra en la actualidad

La primera Guerra del Golfo demostró bien la falsedad de la comunicación propagandística americana. El primer caso fueron las fotos de satélite que el Pentágono afirmaba poseer, en las cuales se podría confirmar la presencia de 250.000 unidades militares preparadas para invadir Arabia Saudita. Pronto las fotos comerciales captadas por un satélite demostraron que las afirmaciones americanas no tenían fundamento.


La mentira más flagrante fue la de los bebés muertos a manos de soldados irakíes. Nijirah-al Sabah, la hija del embajador kuwaití, se hizo pasar por una testigo de un supuesto secuestro y asesinato de bebés que estaban en una maternidad, dentro de incubadoras. Según la descripción, los soldados irakíes los lanzaban al suelo para que muriesen de frío. Bush se refirió a este caso más de siete veces en sus discursos, durante la campaña de pre-guerra. Sin embargo, después se demostró su falsedad. Dos enfermeras filipinas que trabajaban en la maternidad en cuestión desmintieron los hechos, y declararon inclusive nunca habían visto a Nijirah-al Sabah.

Nijirah-al Sabah


En el inicio de la guerra, los espectadores mundiales se quedaron con la idea de que era un conflicto sin mentira, toda vez que el conflicto se transmitió en directo. Pero no podían estar más equivocados. Las imágenes fueron controladas integralmente, y se asistió a casi una película de guerra realizada en directo. En el final, se constató que más de 90% de las imágenes mostraban el poderío bélico americano, y que jamás se pudo ver un soldado estadounidense herido o muerto.

En Kosovo, las partes enfrentadas percibieron que la manipulación de las noticias a su favor era algo fundamental. Se asistió a una maniobra inteligente por parte de Slobodan Milosevic: permitió a las cadenas internacionales CNN y BBC continuar emitindo desde Belgrado. Así, consiguió usar los medios de comunicación extranjeros para transmitir imágenes de supuestos civiles muertos en los ataques de la OTAN. Esta maniobra fragmentó la opinión occidental y llevó a la OTAN a reconocer algunos de sus errores en los bombardeos aéreos. Esto es sólo un ejemplo más actual de la importancia y eficacia de la propaganda en tiempos de guerra.

Bibliografía:

-COLLON, Michel. El juego de la mentira. Hondarribia, Hiru, 1999.

-COLLON, Michel. Monopoly. La OTAN a la conquista del mundo. Hondarribia, Hiru, 1999.
-COLLON, Michel. ¡Ojo con los media! Hondarribia, Hiru, 1996.
-DURANDIN, G., La mentira en la propaganda política y en la publicidad. Barcelona, Paidós, 1995
-KATS, E. and LAZARSFELD, Paul F.: Personal Influence: The part played by people in the flow of Mass Communications. New York, Free Press 1955.
-MARTIN MUÑOZ, G. Irak. Un fracaso de Occidente (1920-2003). Barcelona, Tusquets, 2003.
-MATTELART, A. La comunicación-mundo. Barcelona, Fundesco, 1993.
-PIZARROSO, A., Historia de la Propaganda. Eudema (Ediciones de la Universidad Complutense), 1993 (Segunda edición, ampliada)
-PRATKANIS, A.; ARONSON, E., La era de la propaganda. Uso y abuso de la persuasión. Barcelona, Paidós, 1992.
-RAMONET, I.: Propagandas Silenciosas. Editora Campo das Letras, 2001
-RAMONET, I.: “The Control of Pleasure”. En Le Monde Diplomatique, mayo de 2000
-REYZÁBAL, M.: “Didáctica de los discursos persuasivos: la publicidad y la propaganda”. Editorial La Muralla, S.A., 2002
“Special Issue on International Communications Research”. The Public Opinion Quaterly,. LOWENTHAL, L., Guest Editor. Winter 1952-53. Volume 16, number 4
-TYE, LARRY. The father of spin. Edward L. Bernays & the birth of public relations. New York, Crown Publishers, 1998.
-WELCH, D., “Nazi Propaganda: The Power and The Limitations”. Ed. London: Totowa, N.J.: Groom Helm: Barnes&Nobles Books, 1983
-WELCH, D.: “Power of Persuasion”. En History Today, August 1999.

CONSENTIMIENTO SIN CONSENTIMIENTO: LA UNIFORMACIÓN DE LA OPINIÓN PÚBLICA

Por Noam Chomsky


Chomsky en conferencia para CNT


Una sociedad democrática decente debe basarse en el principío del «consentimiento de los gobernados». Esta idea ha ganado general aceptación, pero es cuestionada al mismo tiempo por ser demasiado fuerte y demasiado débil. Demasiado fuerte, porque sugiere que la gente debe ser gobernada y controlada. Demasiado débil, porque incluso los gobernantes más brutales necesitan en alguna medida el «consentimiento de los gobernados», y por regla general lo consiguen, no sólo mediante la fuerza.

Me intereso aquí por cómo se han afrontado estas cuestiones en las sociedades más libres y democráticas. A lo largo de los años, las fuerzas populares buscan ganar una mayor participación en la gestión de sus asuntos, con algunos éxitos junto con muchos fracasos. Mientras tanto se ha ido desarrollando un instructivo corpus de pensamiento que justifica la resistencia de las elites a la democracia. Quienes esperan entender el pasado y conformar el futuro harían bien en prestar cuidadosa atención no sólo a la práctica sino al entramado doctrinal en que se sustenta.

Estos temas fueron abordados hace doscientos cincuenta años por David Hume en una obra clásica. A Hume le intrigaba «la facilidad con que son gobernados muchos por pocos, la implícita sumisión con que los hombres entregan» su sino a quienes los gobiernan. Encontraba esto sorprendente, porque «la t'uerza siempre está del lado de los gobernados». Si la gente se diera cuenta de esto, se sublevaría y derrocaría a los señores. Llegó a la conclusión de que el gobierno se basa en el control de la opinión pública, un principio que «abarca a los gobiernos más despóticos y más militaristas igual que a los más libres y más populares».

Seguramente Hume subestimaba la eficacia de la fuerza bruta. Una versión más precisa de lo mismo sería que cuanto más «libre y popular» es un gobierno, más necesita apoyarse en el control de la opinión para asegurar la sumisión los gobern;tntes.

Que el pueblo debe someterse se da por supuesto en la inmensa mayor parte del espectro. En una democracia, los gobernados tienen derecho a dar su consentimiento, pero a nada más. En terminología del moderno pensamiento progresista, la población debe ser «espectadora» pero no «participante», fuera de ocasionales opciones entre los líderes que representan el auténtico poder. Ese es el terreno de la política. La población en general debe quedar excluida por completo del terreno económico, donde se determina buena parte de lo que ocurre en la sociedad. Ahí el pueblo no tiene que desempeñar ningún papel, según la teoría democrática prevaleciente.

Estos supuestos han sido discutidos a todo lo largo de la historia, pero el tema ha ganado una fuerza especial desde el moderno resurgimiento de la democracia iniciado en la Inglaterra del siglo xvii. El torbellino de la época suele describirse como un conflicto entre el rey y el Parlamento, pero, como muchas veces sucede, buena parte de la población no deseaba ser gobernada por ninguno de los que se disputaban el poder, sino «por paisanos como nosotros que conocen nuestras necesidades», tal exponen sus panfletos, no por «nobles y caballeros» que no «conocen los sufrimientos del pueblo» y que no harán «sino oprimirnos».

Estas ideas afligieron muchísimo a «los hombres de la mejor calidad», como se calificaron a sí mismos: los «hombres responsables», en terminología moderna. Estaban dispuestos a conceder derechos al pueblo, pero dentro de unos límites y según el principio de que por «el pueblo» no entendemos la plebe atolondrada e ignorante. Pero ¿cómo puede reconciliarse este principio de la vida social con la doctrina del «consentimiento a ser gobernados», que no era tan fácil de suprimir por entonces? Una solución al problema la propuso un contemporáneo de Hume, el distinguido filósofo moral Frances Hutcheson. Argumentó que el principio del «consentimiento a ser gobernados» no se quebranta cuando los gobernantes imponen planes que son rechazados por el pueblo, si posteriormente las masas «estúpidas» y «predispuestas» «asienten con entusiasmo» a lo que se ha hecho en su nombre. Podemos adoptar el principio de «consentimiento sin consentimiento», término que utilizó más tarde el sociólogo Franklin Henry Giddings.

Hutcheson se ocupó del control de la plebe dentro del país; Giddings, del fortalecimiento del orden en el exterior. Éste escribía sobre las Filipinas, que el ejército de Estados Unidos estaba liberando en aquellos momentos, mientras también se liberaban varios centenares de millares de almas de las tristezas de la vida; o bien, en palabras de la prensa, «haciendo matanzas de nativos al estilo inglés», de modo que «las descarriadas criaturas» que se nos resisten acabarán «respetando nuestras armas» y más tarde llegarán a reconocer que nosotros les deseamos «libertad» y «felicidad». Para explicar todo esto con las adecuadas maneras civilizadas, Giddings ideó el concepto de «consentimiento sin consentimiento». «Si en los años posteriores, [el pueblo conquistado] entiende y admite que el contencioso tenía un interés superior, es razonable sostener que la autoridad se ha impuesto con el consentimiento de los gobernados», como cuando un padre impide que un niño eche a correr entre la circulación callejera.

Estas explicaciones captan el verdadero significado de la doctrina del «consentimiento de los gobernados». El pueblo debe someterse a sus gobernantes y basta con que dé un consentimiento sin consentimiento. Puede utilizarse la fuerza dentro de los estados tiránicos y en los dominios en el extranjero. Cuando el recurso a la violencia está limitado, el consentimiento de los gobernados debe conseguirse mediante estratagemas que la opinión liberal y progresista denomina «manufactura del consentimiento».

La enorme industria de las relaciones públicas, desde sus inicias a comienzos de nuestro siglo, se ha dedicado al «control de la opinión pública», tal como describen la tarea las grandes figuras del ramo. Y actúan de acuerdo con sus palabras, lo cual es seguramente uno de los temas capitales de la historia moderna. El hecho de que la industria de las relaciones públicas tenga sus raíces y sus principales centros en el país «más libre» corresponde exactamente a lo que nos cabía esperar, contando con una adecuada comprensión de la máxima de Hume.

Pocos años después de que escribieran Hume y Hutcheson, los problemas que causaba la plebe en Inglaterra se extendieron a las colonias en rebeldía de América. Los padres fundadores repitieron casi con las mismas palabras los sentimientos de los «hombres de la mejor calidad» británicos. Como dijo uno de ellos: «Cuando hablo del pueblo, sólo estoy pensando en la parte racional. Los ignorantes y vulgares no valen para juzgar los métodos [de gobierno], dado que son incapaces de manejar las riendas [del gobierno]». El pueblo es una «gran bestia» que ha de domarse, declaró su colega Alexander Hamilton. Hubo que enseñar a los campesinos rebeldes e independientes, en ocasiones por la fuerza, que los ideales de los panfletos revolucionarios no había que tomárselos demasiado en serio. La gente del común no iba a estar representada por campesinos como ellos que conocían los sufrímientas del pueblo, sino por personas bien nacidas, comerciantes, ahogados y demás «hombres responsables» en los que podía cont'iarse para que defendieran los privilegios.

La doctrina imperante fue muy claramente expuesta por el presidente del Congreso Continental y primer magistrado del Tribunal Supremo, John Jay: «Las personas que son dueñas del país deben gobernarlo». Queda por resolver un punto: ¿quién es el dueño del país? La pregunta quedó contestada con el desarrollo de las empresas privadas, en forma de sociedades anónimas, y de las estructuras previstas para protegerlas y apoyarlas, aunque sigue siendo un tarea difícil obligar al pueblo a mantenerse en el papel de espectador.

Casi seguro que Estados Unidos es el caso de estudio más importante si pretendemos comprender el mundo actual y el de mañana. Una razón es su incomparable poder. Otra, sus estables instituciones democráticas. Además, Estados Unidos estuvo más cerca que nadie de ser una tabula rasa. América puede ser «tan feliz como quiera», comentaba Thomas Paine en 1776: «Tiene una hoja en blanco en la que escribir». Las sociedades indígenas f ueron en buena medida eliminadas. Estados Unidos tampoco contiene demasiados residuos de estructuras europeas anteriores, una de las razones de la relativa debilidad del contrato social y de los sistemas de adhesión, que a menudo tienen sus raíces en instituciones precapitalistas. Y, en unas proporciones no usuales, el orden sociopolítico se proyectó de forma voluntaria. No es posible hacer experimentos al estudiar la historia, pero Estados Unidos es el país que más cerca está de ser el «caso ideal» de democracia capitalista de estado.

Aclemás, el principal proyectista fue un astuto pensador político: James Madison, cuyas opiniones prevalecieron en gran medida. En los debates sobre la Constitución, Madison señaló que si las elecciones inglesas «estuvieran abiertas a todas las clases del pueblo, quedaría insegura la propiedad de los propietarios de tierras. Pronto habría una ley agraria», la cual daría tierra a los sin tierra. El sistema constitucional debía pensarse de forma que impidiera estas injusticias y «asegurara los intereses permanentes del país», como son los derechos de propiedad.

Entre los estudiosos de Madison hay acuerdo en que «la Constitución fue intrínsecamente un documento aristocrático pensado para refrenar las tendencias democráticas de la época», que entregaba el poder a los «buenos» y excluía a quienes no fueran ricos, bien nacidos ni prominentes por haber ejercido el poder político (Lance Banning). La primera responsabilidad del gobierno es «proteger la minoría de los opulentos frente a la mayoría», afirmó Madison. Este ha sido el principio que ha guiado al sistema democrático desde sus orígenes hasta hoy.

En las discusiones públicas, Madison hablaba de los derechos de las minorías en general, pero está bastante claro que estaba pensando en una determinada minoría: «la minoría de los opulentos». La teoría política moderna subraya la creencia de Madison en que, «en un gobierno justo y libre, deben protegerse de forma eficaz tanto los derechos de la propiedad como los de las personas». Pero también en este caso es útil examinar la doctrina con mayor detenimiento. No existen derechos de la propiedad, sólo derechos a la propiedad: es decir, derechos de las personas con propiedad. Tal vez yo tenga derecho a mi coche, pero mi coche no tiene ninguna clase de derechos. El derecho a la propiedad difiere también de otros en que la posesión que tiene una persona de la propiedad priva a otros del mismo derecho: si yo soy dueño de mi coche, usted no puede serlo; pero en una socieciad justa y libre mi libertad de expresión no limita la suya. El principio de Madison es, pues, que el gobierno debe proteger los derechos de las personas en general, pero debe garantizar de manera especial y adicional los derechos de una clase de personas, las que tienen propiedades.

Madison previó que la democracia estaría probablemente más amenazada conforme pasara el tiempo, debido al aumento de «la proporción de los que serán víctimas de todas las penalidades de la vida y, en secreto, suspirarán por un reparto más equitaitivo de sus bendiciones». Era posible que ganasen influencia, temía Madison. Le preocupaban los «síntomas de un espíritu nivelador» que ya habían aparecido y advirtió sobre «el futuro peligro» si el derecho al voto ponía «poder sobre la propiedad en manos de quienes no la compartían». No cabe esperar que aquellos «sin propiedad, o sin esperanzas de adquirirla, simpaticen lo bastante con este derecho», explicaba Madison. Su solución era mantener el poder político en manos de quienes «representan y provienen de la riqueza de la nación», «el conjunto de hombres más capaces», manteniendo a la población en general fragmentada y desorganizada.

El problema del «espíritu nivelador» también surgió en el extranjero, por supuesto. Se aprende mucho sobre la «teoría democrática que realmente existe» viendo cómo se percibe este problema, especialmente en los documentos secretos para uso interno, donde los dirigentes pueden ser más sinceros y llanos.

Tómese el importante ejemplo de Brasil, el «coloso del sur». En una visita realizada en 1960, el presidente Eisenhower aseguró a los brasileños que «nuestro sistema de empresa privada con conciencia social beneficia a todo el mundo, lo mismo propietarios que trabajadores ... En libertad, el trabajador brasileño es una feliz demostración de las bienaventuranzas del sistema democrálico». El embajador agregó que la influencia norteamericana había derribado «el antiguo orden de América del Sur», introduciendo «ideas revolucionarias como la libre enseñanza obligatoria, la igualdad ante la ley, una sociedad relativamente sin clases, un sistema de gobierno responsable y democrático, la libre empresa competitiva [y] un fabuloso nivel de vida para las masas».

Pero los brasileños reaccionaron con aspereza a las buenas nuevas aportadas por sus tutores del norte. Las elites latinoamericanas son «como niños», informó el secretario de Estado John Foster Dulles al Consejo Nacional de Seguridad, «sin prácticamente ninguna capacidad de autogobierno». Lo que era aún peor, Estados Unidos se halla «irremediablemente muy por detrás de los soviélicos en cuanto a haber desarrollado controles sobre las mentes y las emociones de los pueblos sencillos». Dulles y Eisenhower manifestaron su preocupación por la «capacidad [de los comunistas] para hacerse con el control de los movimientos de masas», una capacidad que «nosotros no estamos en condiciones de igualar»: «Se dirigen a los pobres y éstos siempre han deseado expoliar a los ricos».

En otras palabras, nos resulta difícil inducir a la gente a aceptar nuestra doctrina de que los ricos deben expoliar a los pobres, un problema de relaciones públicas que todavía no se ha resuelto.

La administración Kennedy se enfrentó al problema cambiando la misión de los militares latinoamericanos, que era la «defensa del hemisferio» y pasó a ser «la seguridad interior», una decisión que tendría fatales consecuencias, empezando por el brutal y criminal golpe militar en Brasil. El ejército estaba considerado por Washington una «isla de salud mental» dentro de Brasil y el golpe fue bien acogido por Lincoln Gordon, el embajador de Kennedy, como «una rebelión democrática», en realidad «la victoria más decisiva de la libertad a mediados del siglo xx». Antiguo economista de la Universidad de Harvard, Gordon agregó que «la victoria de la libertad» – es decir, el derrocamiento violento de la democracia parlamentaria – debía «crear un clima mucho más apto para las inversiones privadas», aportando alguna adicional luz sobre el significado en la práctica de los términos libertad y democracia.

Chávez muestra un libro de Chomsky

Dos años después el secretario de Defensa Robert McNamara informaba a sus socios de que «la política de Estados Unidos con los militares latinoamericanos había sido, en conjunto, eficaz para alcanzar los objetivos que se pretendían». Esta política había mejorado la «competencia en seguridád interior» y establecido el «predominio de la influencia estadounidense entre los militares». Los militares latinoamericanos entienden sus tareas y estan equipados para llevarlas a cabo gracias a los programas de Kennedy para ayuda e instrucción militar. Estas tareas incluyen el derrocamiento de gobiernos civiles «siempre que, a juicio de los militares, la conducta de los líderes sea perjudicial para el bienestar de la nación». Estas acciones de los militares son necesarias «en el medio cultural de América Latina», explicaron los intelectuales kennedistas. Y podemos confiar en que las llevarán a cabo como es debido, ahora que los militares han ganado «comprensión e inclinación a favor de los objetivos estadounidenses». Esto asegura un desenlace correcto de la «lucha revolucionaria por el poder entre los grandes agrupamientos que constituyen la actual estructura de clases» en América Latina, desenlace que protegerá el comercio y «la inversión privada de Estados Unidos», la «raíz económica» que está en el corazón de los «intereses políticos estadounidenses en América Latina».

Son clocumentos secretos, en este caso del liberalismo kennediano. El discurso público es, naturalmente, muy distinto. Si nos atenemos a éste, entenderemos poco sobre el verdadero significado de la «democracia» y sobre el orden global de los últimos años; ni tampoco del futuro, puesto que las riendas siguen en las mismas manos. Los estudios más serios exponen con claridad los hechos fundamentales. La Agencia Nacional de Seguridad, creada y respaldada por Estados Unidos, es investigada en un importante libro de Lars Schoultz, uno de los principales estudiosos de América Latina. Su objeto, en palabras de este autor, era «destruir para siempre la amenaza detectada contra la existente estructura de privilegios socioeconómicos mediante la eliminación de la participación de la mayoría numérica», la «gran bestia» de Hamilton. El objetivo es básicamente el mismo que en la sociedad norteamericana, aunque los medios sean distintos.

La pauta persiste en la actualidad. El campeón de los violadores de los derechos humanos en el hemisferio es Colombia, a su vez el principal recipiendario de ayuda e instrucción militar norteamericana en los últimos años. El pretexto es «la guerra contra el narcotráfico», pero esto es «un mito», como explican sin excepción los principales grupos que defienden los derechos humanos, la iglesia y otros investigadores de la escandalosa marca de atrocidades y de los estrechos vínculos entre narcotraficantes, terratenientes, el ejército y sus socios paramilitares. El terror estatal ha devastado las organizaciones populares y prácticamente destruido el único partido político independiente mediante el asesinato de miles de activistas, entre ellos candidatos a la presidencia, alcaldes y demás. No obstante, Colombia es ensalzada como democracia estable, lo que de nuevo pone de manifiesto qué se entiende por «democracia».

Un ejemplo especialmente instructivo es la reacción a la primera experiencia democrática en Guatemala. En este caso, los documentos secretos son en parte accesibles, de modo que sabemos bastante sobre los criterios que guiaban la política. En 1952 la CIA advirtió de que las «medidas políticas radicales y nacionalistas» del gobierno habían ganado «el apoyo o la aquiescencia de casi todos los guatemaltecos». El gobierno estaba «movilizando al campesinado hasta entonces políticamente inerte» y creando «un apoyo de masas para el actual régimen» mediante organizaciones de trabajadores, la reforma agraria y otras medidas «identificadas con la revolución de 1944», que había promovido «un fuerte movimiento nacional para liberar Guatemala de la dictadura castrense, del atraso social y del "colonialismo económico", que habían sido la norma en el pasado». Las medidas políticas del gobierno democrático «correspondían a los intereses de la mayor parte de los guatemaltecos conscientes e inspiraban su lealtad». La inteligencia del Departamento de Estado informaba de que la dirección democrática «insistía en mantener un sistema político abierto», lo que permitía que los comunistas «ampliaran sus actividades y apelaran con efectividad a diversos sectores de la población». Estas deficiencias de la democracia fueron restalladas con el golpe militar de 1954 y el subsiguiente reinado del terror, siempre con el apoyo a gran escala de Estados Unidos.

El problema de asegurar el «consentimiento» también se planteó en las instituciones internacionales. Al principio, Naciones Unidas fue un instrumento de confianza para la política estadounidense y mereció grandes elogios. Pero la descolonización trajo lo que iba a llamarse la «tiranía de la mayoría». A partir de la década de 1960 Washington pasó a ser quien más vetaba las resoluciones del Consejo de Seguridad (con Gran Bretaña en segundo puesto y Francia de tercero a distancia) y quien más veces volaba, solo o en compañía de algunos países clientes, contra las resol uciones de la Asamblea General. Naciones Unidas perdió el favor y empezaron a aparecer serios artículos que se interrogaban sobre por qué el mundo se estaba «oponiendo a Estados Unidos», que Estados Unidos pudiera estarse oponiendo al mundo se consideraba demasiado extravagante para tenerlo en cuenta. Las relaciones estadounidenses con el Tribunal Internacional de la Haya y con otras instituciones supranacionales han seguido una evolución similar, sobre lo cual volveremos.

Mis comentarios sobre las raíces madisonianas de las ideas que prevalecen sobre la democracia han sido injustos en un aspecto de importancia. Al igual que Adam Smith y otros fundadores del liberalismo clásico, Madison era precapitalista y, en espíritu, anticapitalista. Confiaba en que los gobernantes serían «iluminarlos hombres de estado» y «filósofos benevolentes», «cuya sabiduría sabría discernir lo mejor posible los verdaderos intereses de su país». Ellos «refinarían» y «ensancharían» las «actitudes púhlicas», protegiendo los verdaderos intereses del país contra los «desatinos» de las mayorías democráticas; pero con luces y benevolencia.

Pronto hubo de descubrir otras cosas Madison, conforme la «minoría de los opulentos» procedió a utilizar su recién hallado poder de manera muy parecida a como había predicho Adam Smith pocos años antes. Se esforzaron en seguir lo que Smith llamó la «infame máxima» de los señores: «Todo para nosotros y nada para los demás». En 1792 Madison advirtió que en el incipiente estado capitalista en formación se estaba «sustituyendo el motivo de servir al público por el de los intereses privados», lo que conducía a «un auténtico dominio de unos pocos bajo la aparente libertad de los más». Deploraba «la osada depravación de los tiempos» en que los poderes privados «se convertirán en la guardia pretoriana del gobierno, a la vez sus intrumentos y su tirano, sobornados por su liberalidad e intimidándolo con clamores y alianzas». Estos poderes proyectaron sobre la sociedad esa sombra que llamamos «la política», como posteriormente diría Dewey. Uno de los principales filósofos del siglo xx y figura sobresaliente del liberalismo en América del Norte, Dewey subrayó que la democracia tiene poco contenido cuando el gran capital gobierna la vida del país a través del control de «los medios de producción, comercio, publicidad, transporte y comunicaciones, reforzado por mandar en la prensa y en sus agencias, además de en otros medios de publicidad y propaganda». Sostuvo adicionalmente que, en una sociedad libre y democrática, los trabajadores deben ser «dueños de su propio destino laboral», no herramientas que alquilan los patronos, ideas que pueden rastrearse en el liberalismo clásico y en la ilustración, y que han reaparecido constantemente en las luchas populares lo mismo en Estados Unidos que en otros lugares.

Ha habido muchos cambios en los últimos doscientos años, pero las amonestaciones de Madison no se han vuelto sino más pertinentes, adoptando un nuevo significado desde la constitución de las grandes tiranías privadas a las que se concedieron extraordinarios poderes a principios de siglo, sobre todo a través de los tribunales. Las teorías inventadas para justificar estas entidades, o «personas jurídicas colectivas», como a veces las denominan los historiadores del derecho, se basan en ideas que también están en el fondo del fascismo y del bolchevismo: las entidades orgánicas tienen derechos por encima de los de las personas. Son objeto de la magna «generosidad» de los estados que en buena medida dominan, de los que siguen siendo a la vez «herramientas y tiranos», en expresión de Madison. Y han ganado un sustancial control sobre la economía nacional e internacional, así como sobre los sistemas de información y adoctrinamiento, lo que trae a la cabeza otra de las preocupaciones de Madison: que «un gobierno popular sin información popular, o sin los medios para conseguirla, no es más que el prólogo a una farsa o a una tragedia; o tal vez ambas cosas».

Detengámonos ahora en las doctrinas que se han elaborado para imponer las modernas formas de democracia política. Se exponen con bastante precisión en un importante manual de la industria de relaciones públicas, obra de una de sus figuras más descollantes, Edward Bernays. Arranca con la observación de que «la manipulación consciente e inteligente de los hábitos y opiniones establecidos de las masas es un componente importante ole la sociedad democrática». Para llevar adelante esta tarea esencial, «las minorías inteligentes deben utilizar la propaganda constante y sistemáticamente», porque sólo éstas «comprenden los procesos mentales y las pautas sociales de las masas» y pueblen «mover los hilos que controlan la opinión pública». Por lo tanto, nuestra «sociedad ha consentido en permitir que la libre competencia se organice mediante el liderazgo y la propaganda», otro caso de «consentimiento sin consentimiento». La propaganda procura al liderazgo un mecanismo «para moldear el pensamiento de las masas» de tal modo que «encaucen su recién ganada fuerza en la dirección deseada». El liderazgo puede «unitormar todas las parcelas de la opinión pública tanto como el ejército uniforma los cuerpos de los soldados». Este proceso de «ingeniería del consentimiento» es la mismísima «esencia del proceso democrático», escribió Bernays poco después de que la Asociación Americana de Psicología lo homenajeara en 1949.

La importancia de «controlar la opinión pública» se ha reconocido cada vez con mayor claridad a medida que las luchas populares lograban ampliar el terreno de juego democrático, dando lugar así a la aparición de lo que las elites liberales llaman «la crisis de la democracia», lo que ocurre cuando poblaciones normalmente pasivas y apáticas se organizan y buscan entrar en la arena política para perseguir sus intereses y reivindicaciones, con lo que amenazan la estabilidad del orden. Tal como explicaba Bernays el problema, «con el sufragio universal y la escolarización universal ... al final incluso la burguesía ha tenido miedo de la gente del pueblo. Pues las masas se prometían llegar a ser el rey», tendencia que por fortuna se ha invertido – así se esperaba – conforme se han ido inventando y poniendo en práctica nuevos métodos «para modelar la mentalidad de las masas».

Buen liberal del New Deal, Bernays había cultivado sus habilidades en el Comité de Información Pública de Woodrow Wilson, la primera agencia estatal de propaganda que ha habido en Estados Unidos. «Fue el asombroso éxito de la propaganda durante la guerra lo que abrió los ojos de los contados inteligentes que hay en todos los sectores de la vida a las posibilidades de uniformar la opinión pública», explicaba Bernays en su manual de relaciones públicas, titulado Propaganda. Los contados inteligentes tal vez fueran conscientes de que su «asombroso éxito» se basaba, en no pequeña parte, en invenciones propagandísticas acerca de las atrocidades de los «hunos» que les suministraba el Ministerio de Información británico, que en secreto definía su actividad como la de «dirigir el pensamiento de la mayor parte de la gente».

Todo esto es buena doctrina wilsoniana, lo que se conoce en teoría pol ítica por «el idealismo de Wilson». La visión personal de Wilson era que se necesita una elite de caballeros con «ideales elevados» para preservar «la estabilidad y la justicia». La minoría inteligente de «hombres responsables» es la que debe controlar la toma de decisiones, explicaba Walter Lippmann, otro veterano del comité de propaganda de Wilson, en sus influyentes ensayos sobre la democracia. Lippmann también fue la figura más respetada del periodismo norteamericano y un notorio comentarista de la actualidad política durante medio siglo. La minoría inteligente es una «clase especializada», responsable de ajustar la política y «crear una sólida opinión pública», pormenorizaba Lippmann. Debe estar libre de la interferencia del público en general, compuesto de «intrusos ignorantes e impertinentes». El público debe «ser puesto en su silio», proseguía Lippmann: su «función» es ser «espectadores de la acción», sin participar, excepto en los períodos electorales cuando escogen entre la clase especializada. Los dirigentes deben tener libertad para operar en «aislamiento tecnocrático», tomando prestada la actual terminología del Banco Mundial.

En la Encyclopaedia of Social Sciences, Harold Laswell, uno de los fundadores de la moderna ciencia política, advirtió que las minorías inteligentes deben reconocer la «ignorancia y estupidez de las masas» y no sucumbir a «dogmatismos democráticos acerca de que los hombres son los mejores jueces de sus propios intereses». Los mejores jueces no son ellos, somos nosotros. Las masas deben ser controladas por su propio bien; y en las sociedades más democráticas, donde no cabe el recurso a la fuerza, los manipuladores sociales deben utilizar «todas las nuevas técnicas de control, en buena medida mediante la propaganda».

Nótese que se trata de buena doctrina leninista. Es bastante llamativa la similitud entre la teoría democrática progresista y el marxismo leninismo, algo que Bakunin había predicho hace mucho tiempo.

Una vez bien entendido el concepto de «consentimiento», podemos apreciar que la implantación del programa del capital por encima de las objeciones de la gran mayoría de la población constituye, «con el consentimiento de los gobernados», una forma de «consentimiento sin consentimiento». Esto viene a ser una ajustada descripción de lo que ha ocurrido en Estados Unidos. A menudo hay una brecha entre las preferencias públicas y la política pública. En los últimos años esta brecha se ha vuelto sustancial. Una comparación aporta nueva luz sobre el funcionamiento del sistema democrático.

Más del 80 por 100 del público cree que el gobierno «actúa a favor de la minoría y de intereses particulares, no de la gente», superando el 50 por 100, más o menos, de años anteriores. Más del 80 por 100 cree que el sistema económico es «intrínsecamente injusto» y que los trabajadores tienen poco que decir sobre lo que ocurre en el país. Más del 70 por 100 opina que «el mundo financiero ha ganado demasiado poder sobre demasiados aspectos de la vida norteamericana» y, casi en una proporción de 20 a 1, el público cree que las empresas «deberían sacrificar a veces parte de los beneficios con vistas a mejorar las condiciones de los trabajadores y de la comunidad».

Las actitudes públicas se mantienen obstinadamente socialdemócratas en importantes aspectos, como ocurrió durante todos los años de Reagan, en contra de lo que diga tanta mitología. Pero debemos asimismo notar que estas actitudes quedan lejos de las ideas que animaron las revoluciones democráticas. Los trabajadores de la América del Norte del siglo xix no rogaban a sus gobernantes que fueran más benévolos. Más bien les negaban el derecho a mandar. «Las fábricas deben ser de quienes trabajan en ellas», exigía la prensa obrera, manteniendo los ideales de la revolución americana tal como los entendía la peligrosa chusma.

Las elecciones al Congreso de 1994 son un ejemplo revelador de la distancia que hay entre la retórica y los hechos. Se las calificó de «terremoto político», de «victoria aplastante», de «triunfo del conservadurismo» que reflejaba el persistente «deslizamiento hacia la derecha», al otorgar los votantes un «mandato arrolladoramente popular» a la tropa ultraderechista de Nwet Gingrich que prometía «quitarnos el gobierno de encima» y volver a los felices tiempos en que reinaba el mercado libre.

Ateniéndose a los datos, la «victoria aplastante» se obtuvo con poco más de la mitad de los votos emitidos, alrededor del 20 por l 00 del electorado, cifras que apenas se diferencian de las de dos años antes, cuando ganó el partido Demócrata. Uno de cada seis votantes describió los resultados como la «ratificación del programa republicano». Uno de cada cuatro había oído hablar del Contrato con América, que exponía tal programa. Y cuando se la informaba, la gente se oponía prácticamente a la totalidad del programa en su gran mayoría. Alrededor del 60 por 100 de la población quería que aumentasen los gastos sociales. Un año después, el 80 por 100 sostenía que «el gobierno federal debe proteger a los más vulnerables de la sociedad, sobre todo a pobres y ancianos, garantizando niveles mínimos de vida y proporcionando prestaciones sociales». Entre el 80 y el 90 por 100 de los norteamericanos eran partidarios de que el gobierno federal garantizase la asistencia pública para quienes no pueden trabajar, el seguro de paro, las medicinas subvencionadas y las atenciones a domicilio de los ancianos, unos mínimos niveles de servicios sanitarios y la seguridad social. Tres cuartas partes apoyaban que se garantizase desde el gobierno federal el cuidado de los hijos de las mujeres trabajadoras con bajos ingresos. Es especialmente llamativa la persistencia de estas actitudes a la luz del ininterrumpido bombardeo de la propaganda destinada a convencer a la gente de que sostiene criterios radicalmente distintos.

Los estudios de opinión pública muestran que cuanto más saben los votantes sobre el programa de los congresistas republicanos, más se oponen al partido y a su programa. El portaestandarte de la revolución, Newt Gingrich, era impopular en el momento de su «triunfo» y se ha ido hundiendo posteriormente, pasando a ser tal vez la figura política más impopular del país. Uno de los aspectos más cómicos de las elecciones de 1996 fue la escena en que los más estrechos colaboradores de Gingrich se esforzaron en negar toda conexión con su líder y las ideas de éste. En las primarias, el primer candidato en desaparecer, prácticamente desde el mismísimo inicio, fue Phil Gramm, el único representante de los congresistas republicanos, muy bien provisto de fondos, que decía todo cuanto se suponía, según los titulares de prensa, que gustaba a los votantes. En realidad, casi todos los temas políticos desaparecieron desde el mismo instante en que los candidatos tuvieron que enfrentarse a los votantes en enero de 1996. El ejemplo más espectacular fue el equilibrio presupuestario. A lo largo de 1995, el principal problema del país era cuánto se tardaría en alcanzarlo, si siete años o un poco más. El gobierno fue acallado varias veces durante el fragor de la controversia. Tan pronto se iniciaron las primarias se esfumaron las chácharas sobre el presupuesto. El Wall Street Journal informaba con sorpresa de que los votantes «habían abandonado su obsesión por el equilibrio presupuestario». La auténtica «obsesión» de los votantes era precisamente la contraria, como demostraban periódicamente las encuestas: su oposición a equilibrar el presupuesto bajo cualesquiera supuestos mínimamente realistas.

Para ser exactos, una fracción del público compartía la «obsesión» de los dos partidos políticos por equilibrar el presupuesto. En agosto de 1995, el 5 por 100 de la población consideraba que el déficit era el problema más importante del país, más o menos el mismo porcentaje que se inclinaba por los homeless. Pero entre el 5 por 100 obsesionado por el presupuesto se contaban personas de peso. «La patronal del país ha hablado: equilibrar el presupuesto federal», anunciaba el Business Week al informar sobre una encuesta entre ejecutivos estadounidenses de solera. Y cuando habla la patronal, lo mismo dicen la clase política y los medios de comunicación, que explicaron a la población que se precisaba equilibrar el presupuesto, detallando los recortes del gasto social en concordancia con la voluntad pública; y pasando por encima la sustancial oposición que demostraban las encuestas. No es sorprendente que el tema desapareciera súbito del mapa cuando los políticos tuvieron que hacer frente a la gran bestia.

Tampoco es sorprendente que el programa siga llevándose a práctica según el habitual proceder de doble filo, con crueles y a menudo impopulares recortes del gasto social a la par que aumentos en el presupuesto del Pentágono a que se opone la opinión pública, pero en ambos casos con el firme apoyo del empresariado. Las razones de que crezca el gasto son fáciles de entennder si tenemos presente el papel que desempeña el sistema del Pentágono dentro del país: transferir fondos públicos a sectores avanzados de la industria, de modo que los ricos electores de Newt Gingrich, por ejemplo, queden protegidos de los rigores del mercado con mayores subvenciones estatales que cualquier otro distrito del país (exceptuando el propio gobierno federal), mientras el líder de la revolución conservadora denuncia el gigantismo estatal y alaba el austero individualismo.

Desde el principio estuvo claro en las encuestas que no eran ciertos los cuentos de la aplastante victoria conservadora. Ahora el fraude se admite en silencio. El especialista en encuestas de los republicanos de Gingrich explicó que, cuando él exponía que la mayor parte de la gente apoyaba el Contrato con América, lo que quería decir era que les gustaban los eslóganes utilizados en la propaganda. Por ejemplo, sus estudios mostraban que el público se.oponía al desmantelamiento del sistema sanitario, el cual queria «conservar, proteger y reforzar» para «la siguiente generación». De modo que el desmantelamiento se presentaba en la propaganda como «una solución que preserva y protege» el sistema sanitario para la siguiente generación. De este tenor viene a ser todo en general.

Esto es muy natural en una sociedad que está dirigida por las finanzas hasta un punto fuera de lo habitual, con inmensos gastos en mórketing: un billón de dólares al año, una sexta parte del producto nacional bruto, en buena parte deducible en los impuestos, de modo que la gente paga por el privilegio de ser sometida a la manipulación de sus actitudes y comportamientos.

Pero la gran bestia es dura de domar. Repetidas veces se ha pensado que el problema estaba resuelto y que se había alcanzado el «final de la historia», una especie de utopía de los señores. Un precedente clásico tuvo lugar en los orígenes de la doctrina neoliberal, a comienzos del siglo XIX, cuando David Ricardo, Thomas Malthus y otras grandes figuras de la economía clásica anunciaron que la nueva ciencia había demostrado, con la misma exactitud que las leyes de Newton, que sólo perjudicaríamos a los pobres si pretendiéramos ayudarlos y que el mejor regalo que podemos ofrecer a las masas que sufren es librarlas de la ilusión de que tienen derecho a vivir. La nueva ciencia demostró que las gentes no tenían otros derechos más allá de los que pudieran al tener en el mercado de trabajo sin regulación. En la década de 1830 estas doctrinas parecían haber triunfado en Inglaterra. Con la victoria del pensamiento derechista al servicio de los interes manufactureros y financieros británicos, los habitantes de Inglaterra se vieron «forzados a entrar por la senda del experimento utópico», escribió Karl Polanyi, en su clásica obra La gran transformación (The Great Transformation), hace cincuenta años. Fue la más «despiadada acción de reforma social de toda historia», proseguía Polanyi, que «segó innumerables vidas». Pero surgió un problema no previsto. Las estúpidas masas empezaron a sacar la conclusión de que si nosotros no tenemos ningún derecho a vivir, vosotros no tenéis ningún derecho a mandar. El ejército británico tuvo que hacer frente a algaradas desórdenes, y pronto se conformó una amenaza aún mayor cuando los trabajadores empezaron a organizarse, exigiendo normativas laborales y legislación social que los protegiesen del crudo experimento neoliberal, y a menudo yendo mucho más lejos. La ciencia, que afortunadamente es flexible, adoptó formas nuevas conforme las opiniones de las elites variaron en respuesta a las incontrolables fuerzas populares, descubriendo que debe protegerse el derecho a vivir mediante alguna clase de contrato socal.

Más entrado el siglo XIX, muchos estuvieron de acuerdo en que el orden había vuelto a restaurarse, aunque unos cuantos disintieron. El famoso artista William Morris escandalizó a la opinión respetable al declararse socialista en una conferencia pronunciada en Oxford. Reconocía que era «la opinión admitida que el sistema competitivo, el de "Sálvese quien pueda", es el último sistema económico que conocerá el mundo; que es la perfección y que, por lo tanto, con él se ha alcanzado lo irrevocable». Pero, si la historia ha terminado, continuaba, «la civilización perecerá». Y esto se negaba a creerlo, pese a las confiadas proclamas de los «hombres más sabios». Tenía razón, como ha demostrado la lucha de los pueblos.

También en Estados Unidos se saludaron los Alegres Noventa de hace un siglo como «la perfección» y «lo irrevocable». Y en los Locos Años Veinte se asumía confiadamente que la clase trabajadora había sido aplastada de una vez por todas y que se había alcanzado la utopía de los señores: unos «Estados Unidos muy poco democráticos», que habían sido «creados por encima de las protestas de los trabajadores», comenta David Montgomery, historiador de la Universidad de Yale. Pero de nuevo fue una celebración prematura. Al cabo de pocos años la gran bestia escapaba una vez más de su jaula e incluso Estados Unidos, el mejor ejemplo de sociedad dirigida por las finanzas, fue obligado por la lucha popular a conceder derechos que se habían ganado mucho antes en sociedades más autocráticas.

Inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, el capital lanzó una ofensiva propagandística para recuperar, el terreno que había perdido. A finales de los cincuenta se daba en general por hecho que se había alcanzado el objetivo. Habíamos llegado al «final de las ideologías» en el mundo industrial, escribió el sociólogo de Harvard Daniel Bell. Pocos años antes, el director de una de las principales pubhcaciones especializadas en economía, Fortune, había informado sobre la «desconcertante» magnitud de la campaña propagandística de la patronal destinada a superar las actitudes socialdemócratas que persistieron durante los años de la posguerra.

Pero de nuevo era la celebración prematura. Los acontec mientas de los años sesenta demostraron que la gran bestia se mantenía al acecho, despertando una vez más entre los «hombres responsables» el miedo a la democracia. La Comisión Trilateral fundada por David Rockefeller en 1973, dedicó su primer gran estudio a la «crisis de la democracia» que vivía todo el mundo industrial al estar tratando de introducirse en la arena pública grandes sectores de la población. Los ingenuos podrían interpretar que era un paso hacia la democracia, pero la Comisión entendió que era un «exceso de democracia» y confiaba en restaurar los días en que «Truman había podido gobernar el país con la cooperación de un número relativamente pequeño de banqueros abogados de Wall Street», como comentaba el ponente norteamericano. Eso era la debida «moderación democrática». De especial interés para la Comisión fueron los fracasos de las dc nominadas instituciones responsables «de adoctrinar a los jóvenes». las escuelas, las universidades y las iglesias. La Comisión propuso medidas para restaurar la disciplina y restablecer en la pasividad y la obediencia en la gran masa de la población, con lo que superaría la crisis de la democracia.

La Comisión representa los sectores internacionalistas má progresistas del poder y de la vida intelectual en Estados Unidos, Europa y Japón: la administración Carter perdió casi por completo su parroquia. El ala derecha adoptó una línea mucho más dura.

Desde la década de 1970, los cambios habidos en la economía internacional han puesto nuevas armas en manos de los señores, permitiéndoles hacer menuzos el odiado contrato social que se había ganado en la lucha popular. El espectro político de Estados Unidos, siempre tan estrecho, se ha adelgazado hasta la casi invisibilidad. Pocos meses después de que Clinton tomara posesión de la presidencia, el artículo de fondo del Wall Street Journal manifestaba su complacencia por que «asunto tras asunto, Mr. Clinton y su administración se decantaran por el mismo lado que el empresariado norteamericano», ganándose las felicitaciones de quienes dirigen las grandes corporaciones, que estaban encantados de «estar saliendo mucho mejor parados con esta administración que con las anteriores», como dijo uno de ellos.

Un año después, los grandes hombres de negocios pensaron que aún podía irles mejor, y en septiembre de 1995 el Business Week informaba de que el nuevo Congreso «representa un hito para la patronal: nunca antes habían llovido tantísimas peladillas sobre los empresarios estadounidenses». En las elecciones de 1996, los dos candidatos eran republicanos moderados y, colaboradores del gobierno desde antiguo, candidatos del mundo financiero. La campaña fue de una «insulsez histórica», las encuestas de la prensa económica mostraban que el interés del público había descendido incluso por debajo de los bajos niveles previstos, pese a que el gasto había batido marcas, y que a los votantes no les gustaban ninguno de los dos candidatos y poco esperaban de cualquiera de ellos.

Hay un descontento en gran escala con el funcionamiento del sistema democrático. Un fenómeno similar se había detectado en América Latina y, aunque las condiciones fueran muy distintas, las razones eran en parte las mismas. El politólogo argentino Atilio Boron ha recalcado el dato de que en América Latina los procedimientos democráticos se establecieron a la vez que las reformas económicas neoliberales, que han sido un desastre para la mayoría de la población. La introducción de programas similares en el país más rico del mundo ha tenido efectos similares. Cuando más del 80 por 100 de los habitantes opina que el sistema democrático es una farsa y que la economía es «intrínsecamente injusta», «el consentimiento de los gobernados» está tocando fondo.

La prensa económica deja constancia del «claro subyugamiento de la mano de obra por el capital durante los últimos quince años», lo que ha reportado a éste numerosas victorias. Pero también advierte que tal vez los días gloriosos no duren, debido a la cada vez más «agresiva campaña» de los trabajadores «para asegurar[se] el llamado "salario digno"» y «garantizar[se] una mayor tajada del pastel».

Merece la pena recordar que ya hemos pasado antes por todo esto. El «final de la historia», la «perfección» y la «irrevocabiliclad» se habían proclamado muchas veces, siempre en falso. Y pese a tantas sórdidas repeticiones, un alma optimista todavía podría discernir un lento progreso, con realismo, creo yo. En los países industriales avanzados, y también es frecuente en otros, las luchas populares pueden partir de un plano superior y con mejores expectativas que en los Alegres Noventa y en los Locos Años Veinte, e incluso que hace tres décadas. Y la solidaridad internacional podrá adoptar formas nuevas y más constructivas conforme la gran mayoría de los habitantes del mundo llegue a comprender que sus intereses son aproximadamente los mismos y que son defendibles si se actúa conjuntamente. No hay más razón ahora que antes para creer que estamos constreñidos por leyes sociales misteriosas y desconocidas, y no por las simples decisiones que se adoptan en instituciones sometidas a la voluntad humana; instituciones humanas que tienen que hacer frente a la prueba de la legitimidad y que, si no la satisfacen, son sustituibles por otras que sean más libres y más justas, como ha ocurrido tantas veces en el pasado.

domingo, 6 de noviembre de 2011

ENTREVISTA CON LA PERIODISTA ISABEL PISANO A SU VUELTA DE LIBIA

[Isabel Pisano, periodista, corresponsal de guerra, escritora, actriz y pareja de Yaser Arafat durante años, a su regreso de Libia ha sido entrevistada por Jesús Quintero en Canal Sur y ha denunciado el genocidio de la OTAN y sus esbirros en Libia, la complicidad de los medios de comunicación y la verdadera naturaleza de la "Primavera Árabe".]







sábado, 5 de noviembre de 2011

(RETROSPECTIVA:) RUMANÍA: UN GOLPE MEDIÁTICO

Extraído de Amor y Rabia, nº 59, junio/julio 2000


Diario 16, 22/11/1999, p. 24


En diciembre de 1989 los medios de comunicación del "mundo libre" daban cuenta de una revolución popular en Rumania contra el "ogro" comunista Nicolae Ceausescu cuya ejecución fue mostrada en la TV para regocijo todos los "demócratas". No fue el único cadáver que se exhibió: una hilera de supuestos civiles inocentes asesinados por la policía del régimen fueron expuestos en la ciudad de Timisoara ante los ojos de millones de televidentes. Era la prueba de que todas las utopías revolucionarias (no sólo el marxismo) desembocaban en la tiranía y el terror. Sin embargo, días más tarde el nada revolucionario New York Times desevelaba que la supuesta matanza de Timisoara había sido un fraude, pues los muertos filmados por los intrépidos periodistas occidentales habían sido sacados de un depósito de cadáveres y colocados uno junto a otro; procedían de víctimas de enfermedas o de accidentes, no de represión policial. Según escribió el periodista Juan Ramírez en su artículo "La muerte de la libertad de expresión" para la publicación contrainformativa El Otro País(nº de julio-agosto de 1999, p. 18-21), uno de los difusores del bulo fue el corresponsal español Arturo Pérez Reverte. Diez años más tarde, un histororiador rumano publica el resultado de unas investigaciones en que demuestra que la caída de Ceausescu en 1989 no fue una revolución sino un golpe de estado urdido por el sector procapitalista de la burocracia comunista aliada con occidente y sus "democráticos media". Para ello se valieron de un grupo terrorista "fantasma" entrenado por la CIA, cuya misión era atentar contra la población haciéndose pasar por la policía de Ceausescu. Curiosamente, el ejército rumano, fiel a los conspiradores, ni mató ni hizo prisionero a ninguno de los supuestos "agentes de Ceausescu" (!). Nuestros periodistas hablaron de 60.000 muertos, pero según dicho historiador, las víctimas fueron 1.104, de los cuales la mayoría murieron cuando Ceausescu estaba ya fuera de combate o incluso muerto (Diario 16, 22/11/1999, p. 24). Hoy día el nivel de vida de los rumanos ha descendido a niveles desconocidos desde hacía varias décadas gracias a la nueva élite burguesa creada tras el golpe de diciembre de 1989, a quienes incluso el escritor derechista Vargas Llosa ha criticado duramente por expresar su admiración por la antigua Guardia de Hierro (nazis rumanos contra los que, precisamente, luchó Ceausescu). No es extraño pues que hoy día según reconoce El País del 19/11/1999 (p. 4), sea el mismísimo Ceausescu el líder político más valorado por los rumanos.




El País, 19/11/1999, p. 4

viernes, 4 de noviembre de 2011

ÁFRICA EN LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN

Marcos Uka-Umu Suka*

Aporrea, 02/03/04



Las noticias sobre África son escasas. Y parece que sólo interesa presentar el lado negativo de lo africano. Pero si tenemos en cuenta que los grandes medios de información están controlados por las multinacionales, se comprende que estas corporaciones tengan interés en que no se hable de África, y si hay que mencionar algún suceso, prefieren que sea en la línea del 'africano salvaje e indómito'. Esto tiene al menos dos ventajas: ocultar que las multinacionales conocen África palmo a palmo, donde llevan muchos años rastreando todas las fuentes de riqueza, y que estas multinacionales no aparezcan nunca como corresponsables de lo que sucede en aquellos lugares "desconocidos".

Desde mediados del siglo XVI, cuando se inicia el comercio de esclavos negros en África, la propaganda oficial ha buscado argumentos para justificar ante su opinión pública las acciones que se llevaban a cabo en ese continente.

Esta larga tradición de actitudes racistas y un complejo de superioridad que los europeos heredaron de sus antepasados impregnan las noticias sobre el África subsahariana. La consecuencia de todo esto es que en el imaginario se asocie todo lo africano con la ignorancia, el hambre o los odios tribales. Una serie de tópicos que con el tiempo se van consolidando como verdades absolutas.

Se insiste mucho sobre la pobreza en África; de los 36 países clasificados por la ONU dentro del grupo de Países Menos Avanzados (PMA), es un hecho que 29 de ellos se encuentran en el África subsahariana. La situación actual perpetúa la época colonial: las estructuras políticas, económicas y sociales creadas por las antiguas potencias siguen obstaculizando cualquier modelo propio de desarrollo.


Foto de Kevin Carter que, tomada en Sudán
durante la
crisis económica de 1993, representa
la típica imagen que en occidente se tiene
de África. Sin embargo, nada es lo que
parece: el buitre está más lejos de lo que
muestra la perspectiva de la foto y no atacó
a la niña que sobrevivió a este trance a pesar
de que el fotógrafo ni siquiera la auxilió. La
foto le hizo ganar a Carter el premio Pullitzer.


Las estructuras económicas africanas son altamente dependientes del exterior. Los Programas de Ajuste Estructural impuestos por el Norte, obligan a los países africanos a abrir sus mercados a los productos de los países ricos, a no subvencionar la producción local, y sobre todo a pagar el servicio de una deuda externa que colapsa a las economías africanas.

Por otro lado, se produce una cierta competencia desleal, ya que los países ricos subvencionan su agricultura: el presupuesto anual de la UE en subsidios agrícolas es de 55.000 millones de dólares, y el de EE.UU es de 76.000 millones.

El continente africano se halla en una profunda crisis económica y la pobreza es tremenda. Pero se extiende el enriquecimiento sin desarrollo, donde las élites acumulan enormes riquezas que depositan en los bancos del Norte, donde gozan de protección y de ramificadas complicidades en el entorno financiero.

La imagen de los dirigentes africanos es la de unos autócratas que utilizan todos los medios para mantenerse en el poder. Un poder caracterizado por la falta de libertades, el nepotismo político y una corrupción generalizada. Estas élites representan, nos dicen, una forma de entender la democracia a la africana. Es verdad que el continente está plagado de dictadores longevos, pero es una verdad a medias pretender que es por méritos propios. Durante el colonialismo, las metrópolis formaron los futuros gerentes de sus intereses, eliminando de paso a los nacionalistas. De Gaulle pudo declarar con toda tranquilidad: "Vamos a marcharnos quedándonos".

Con la Guerra Fría, los intereses geoestratégicos de la URSS y del llamado Mundo Libre primaron sobre los derechos Humanos. Tras la caída del muro de Berlín, los intereses de las multinacionales tomaron el relevo. El dirigente africano que permite la explotación de las riquezas del territorio y la expoliación de su pueblo a cambio de unas migajas, es un amigo, y se le mantiene en el poder; al que no está de acuerdo se le margina o se le elimina para poner a otro.

En los 90, llegó el multipartidismo como una gran operación de imagen, pues rápidamente se asoció con democracia, cuando la realidad es que ha servido esencialmente para que las élites africanas 'amigas de Occidente' sigan en el poder gracias a unos comicios trucados que les confieren la etiqueta de respetabilidad. Unas dictaduras con barniz democrático para acallar las conciencias de sus patrocinadores occidentales.

Los conflictos armados en África se presentan en los medios de comunicación como consecuencia de los odios ancestrales entre las etnias; cuando una de las causas más importantes es el conflicto de intereses geopolíticos y económicos de las potencias occidentales. Durante la Guerra Fría, los conflictos ideológicos de las dos grandes potencias mundiales se trasladaron a África, como terreno propicio para probar la eficacia de las armas nuevas y dar salida a una buena cantidad de las ya existentes. Desde 1989 los intereses económicos se erigen en el motor de las guerras en África: diamantes y petróleo en Angola, diamantes, oro, y coltán en Congo (Zaire), diamantes en Sierra Leona, etc.

En todos estos países las multinacionales financian gobiernos o guerrillas, venden armas a todas las partes en conflicto y sacan materias primas para alimentar la producción en Occidente.

Pero la explicación más fácil para tranquilizar a la opinión pública occidental es volver al mito del negro salvaje que se rige por lo arbitrario. La realidad es otra.


*Profesor de la Universidad de Yaundé (Camerún)

miércoles, 2 de noviembre de 2011

GUSTAU NERÍN, ANTROPÓLOGO: "LA COOPERACIÓN Y LAS ONG HAN FRENADO EL DESARROLLO EN ÁFRICA"

20 minutos, 03/05/2011

[Curiosa entrevista aparecida en 20 minutos, un medio que siempre ha lavado la cara a las ONGs. Nerín, por cierto, es un antropólogo que ha escrito interesantes libros sobre África y es de los pocos intelectuales que denuncian que la ayuda occidental a África (esa de que tanto publicitan los medios) no es tal y se trata en realidad de una estrategia para hundir económicamente a estos paises (a fuerza de hacerlos dependientes) de los que podrían salir nuevas potencias que rivalizaran con las occidentales, como ha ocurrido en Asia.]


El antropólogo y experto en
temas africanos Gustau Nerín.

Gustau Nerín está levantando ampollas con sus críticas a las ONG que trabajan en África. Profundo conocedor del continente, relata con ironía los abusos que todavía comete Europa y la inutilidad de la ayuda que mandamos para su desarrollo.

¿Cooperantes y misioneros han dejado África mejor o peor de lo que estaba?

La cooperación como conjunto de instituciones ha contribuído a un freno del desarrollo, ha aumentado la dependencia del continente africano. No se encuentra el camino que tenga estos efectos positivos.


¿Por qué sólo se lo he oído decir a usted?

Que el continente africano sigue en la cola absoluta del mundo, excepto algún país en el que han descubierto petróleo y no por los proyectos de cooperación, es una obviedad, que además se trata de ocultar.


Usted desvela un escándalo: que hay países africanos que sólo justifican entre el 15 y el 18% de los fondos que reciben de UNICEF para la cooperación.

No es un secreto. Que hay algunos fondos internacionales que se pierden por redes de corrupción, es un hecho sabido.


¿Y esto no se puede denunciar?

A nadie le interesa demasiado. Se vería que esto no funciona. Si un año han robado, lo más probable es que sigan robando al año siguiente porque la institución internacional tiene la orden de ir siguiendo los proyectos adelante.



El Roto también tiene claro
para qué sirven las ONGs


Deduzco que la Ayuda Oficial al Desarrollo, no sirve para nada.

No, ¡sirve para mucho! La AOD sirve para que países como Gabón o Chad tengan gobiernos favorables a Francia o para que España tenga acuerdos pesqueros con Namibia o Mozambique. Forma parte de contrapartidas que los Estados dan a los gobiernos africanos. Pero lo bueno es que gran parte de las ONG que trabajan en África, en realidad, lo hacen por cuenta de gobiernos occidentales. Estas ONG no van a estas zonas porque son las más necesitadas de ayuda, van allí porque forma parte de la política exterior del Gobierno español.


En su libro critica que de África nos lleguen imágenes de niños con moscas en la cara, de mujeres lisiadas y médicos blancos repartiendo leche en polvo. ¿Son realidad o estereotipo?

Si vemos la publicidad de las ONG o incluso muchos reportajes pensaríamos que en África no hay ni maestros, ni médicos, ni taxistas, ni conductores de tren, ni ingenieros… tendríamos un continente en el que sólo están sentados mendigando esperando a que el blanco llegue a solucionarle todos los problemas, y no es así. Para muchos africanos las ONG ocupan un papel muy tangencial en su vida y se pueden pasar meses sin tener contacto con ellas.

¿Cómo tendría que ser el sistema para que funcionara?

Hay que actuar sobre las causas del subdesarrollo: intervenir sobre la deuda y los mercados, actuar en temas como los acuerdos militares y pesqueros que muchas veces perjudican terriblemente al continente africano. Construir una letrina o una granja de pollos en ningún caso puede tener un impacto decisivo sobre el desarrollo.


Los proyectos e infraestructuras que desarrollan las ONG, ¿no mejoran la situación?

No es difícil construir infraestructuras, el problema es el mantenimiento. Camerún está lleno de hospitales construidos por algún donante, que tienen muy buenas condiciones, pero que están vacíos porque necesitan dotación de material y de personal, y el Estado camerunés no tiene presupuesto para pagarlo. Continuamente se gestan nuevos proyectos. En las políticas de cooperación, cambian las orientaciones del dinero según las modas. No se hace una política coherente y sostenible, sino todo lo contrario.

Denuncia la actuación del cooperante, que puede llegar a pasar la factura del gintonic de un hotel de cinco estrellas...

Hay una serie de bares, de restaurantes, de hoteles, en los cuales uno de los clientes principales es el mundo de la cooperación, que alterna con la élite africana y ocupa muchas veces los sitios de lujo.